BIPOLARIDAD, TRIPOLARIDAD Y MULTIPOLARIDAD

Richard Gonzales

Los procesos históricos, en plena evolución, cambio y transformación, deben enfocarse a partir del materialismo dialéctico e histórico para explicar los fenómenos del mundo actual y la forma en que estos se desarrollan.

El asunto de la unipolaridad puede observarse con nítida claridad en momentos como el de la Roma imperial o, más recientemente, entre 1930 y 1945, período caracterizado por una multipolaridad en la que coexistían: el Reino Unido (potencia en declive), Francia (potencia continental), Estados Unidos (potencia económica dominante, aunque aislada hasta 1941), Alemania (República de Weimar–Tercer Reich), potencia reindustrializada y militarizada con la visión de reordenar Europa; la Unión Soviética, como proyecto antisistémico y socialista; Japón, potencia imperial-global con control del Pacífico y Asia Oriental; e Italia, potencia media con aspiraciones imperiales.

Luego del término de la Segunda Guerra Mundial se configura un proceso de bipolaridad, con Estados Unidos enfrentado a todo el bloque socialista. Entre 1989 y 1991 se inicia el período de la unipolaridad. ¿Qué hechos marcan este proceso? En 1989, la caída del Muro de Berlín pone fin al orden bipolar; posteriormente, el colapso del socialismo y la disolución de la URSS en 1991 dejan a Estados Unidos sin un rival estratégico equivalente.

Debe recordarse que Europa, tras la Segunda Guerra Mundial, queda devastada, ocupada y dependiente. Alemania, derrotada, es dividida en dos; Japón, derrotado y ocupado. De este modo, Estados Unidos emerge como la única superpotencia global y como centro del sistema financiero internacional (dólar, FMI, BM). Así nace la unipolaridad.

Algunos hechos consolidan este proceso: la Guerra del Golfo en 1991; la expansión de la OTAN (1994–1999); las intervenciones “humanitarias” en Yugoslavia (1999), Somalia, Haití y Kosovo; la imposición del Consenso de Washington (neoliberalismo impuesto como “único modelo” para el mundo); y la instalación de la tesis del “fin de la historia” (Fukuyama).

Nada en la historia ni en las ciencias naturales es absoluto o perenne. Así, la unipolaridad comienza su inflexión por su propio desgaste entre 2001 y 2008. Hechos que marcan este proceso son las intensas luchas de los pueblos del mundo contra el neoliberalismo, la gran crisis financiera de 2008 y las guerras de Afganistán (2001) e Irak (2003). Si bien Estados Unidos logra victorias tácticas, a largo plazo enfrenta derrotas estratégicas, pues estas guerras reactivan el antimperialismo y la indignación de millones de pueblos y naciones. En la práctica, se trata de una derrota política estratégica. Además, la sobreexpansión de los imperios ha demostrado ser históricamente insostenible, y Estados Unidos no es la excepción.

En este contexto comienza a emerger China, especialmente tras su ingreso a la OMC, lo que marca su salto estructural.

Dos hitos señalan el término de la unipolaridad:

  • la crisis estructural de liderazgo de 2008,
  • y la crisis originada en el propio centro financiero del imperialismo estadounidense.

A partir de este hecho histórico, China emerge como sostén del sistema, produciendo un traslado del eje económico mundial hacia Asia. Esto no implica que Estados Unidos deje de ser una potencia central, pero sí que deja de ser el centro exclusivo del mundo.

El conflicto en Ucrania constituye un hecho clave en la crisis de la unipolaridad, así como la anexión de Crimea por parte de Rusia, que reaparece bajo la dirección de Putin como una potencia capaz de jugar en el tablero mundial, particularmente en el campo militar.

China, por su parte, avanza en el mar del Sur de China sin renunciar a sus aspiraciones de seguridad, estableciendo límites claros en sus zonas de influencia. A ello se suman hechos como la “retirada” de Afganistán (derrota de EE. UU. en 2021), la guerra en Ucrania iniciada en 2022 y el fracaso de las sanciones para colapsar a Rusia, como preveía Washington, incluyendo incluso intentos de balcanización con miras posteriores contra China.

¿Dónde se encuentra el asunto de fondo de todo lo expuesto? En la caída de la tasa de ganancia del capital, la sobreacumulación, la sobreproducción, los mercados saturados y la crisis de valorización, lo que conduce a la destrucción masiva de fuerzas productivas. Esto se expresa en quiebras, desempleo estructural y guerra total como manifestación de una crisis sistémica. Posteriormente, el sistema reinicia la acumulación mediante nuevas revoluciones industriales.

SOBRE MULTIPOLARIDAD, BIPOLARIDAD Y TRIPOLARIDAD ACTUAL

Existen analistas que sostienen la tesis de la tripolaridad en las actuales condiciones de la lucha de clases, identificando como actores principales a Estados Unidos, Rusia y China, e incluso incorporando a la Unión Europea como un cuarto polo, pese a sus problemas estructurales y dependencia. Entre ellos se encuentran Ali Jarbawi, profesor y politólogo palestino, y Alfredo Jalife, analista geopolítico y geoestratégico mexicano. Se trata de un debate abierto.

Sin embargo, la tesis de la bipolaridad es sostenida principalmente por el Pentágono, cuyos estrategas priorizan el poder estructural duro antes que la cantidad de actores. Desde esta perspectiva, “no importa cuántos Estados relevantes existan, sino quién puede disputar el orden sistémico”.

Desde esta visión, el poder se entiende como la combinación de poder militar global, moneda de reserva y red de alianzas. China aparece como potencia industrial, tecnológica, financiera y demográfica. En síntesis, se identifican dos polos reales capaces de organizar el sistema.

Esta posición es defendida por autores como John Mearsheimer, teórico del realismo ofensivo, y Graham Allison, analista de seguridad nacional, así como por estrategas del Pentágono y la RAND Corporation.

No obstante, esta analogía con la Guerra Fría presenta problemas en las condiciones actuales. Hoy se observa un mundo sin árbitro único, con múltiples actores que no obedecen de forma absoluta a ninguno de los polos. Rusia, por ejemplo, primera potencia militar del mundo, no se subordina a ningún polo; India, potencia demográfica y tecnológica con autonomía estratégica, tampoco. Lo mismo ocurre con Irán, Arabia Saudita, Turquía y otros actores regionales.

En las circunstancias actuales, hablar de bipolaridad clásica implica ignorar la fragmentación del poder en múltiples dimensiones: energía, finanzas, tecnología, control de rutas, datos y narrativas. Los conflictos simultáneos en Ucrania, Gaza, el Mar Rojo, el Sahel o el Cáucaso son manifestaciones de una multipolaridad conflictiva, no de una bipolaridad tradicional.

Lo cierto es que hoy no existe un árbitro global, sino alianzas flexibles, guerras híbridas, sanciones, lawfare, conflictos por delegación y una escalada contenida pero permanente. Podría hablarse, en todo caso, de una bipolaridad estructural (EE. UU.–China) dentro de una multipolaridad conflictiva operativa.

Políticamente, la multipolaridad es transitoria, como lo demuestra la experiencia histórica. Sin embargo, en el momento actual constituye una realidad que abre márgenes de acción para los pueblos y naciones, siempre que estén organizados. La bipolaridad, en cambio, tiende a subordinar a los pueblos a uno de los polos, razón por la cual resulta funcional a la potencia dominante.

El mundo atraviesa una transición histórica, no un nuevo equilibrio. Existen diversas tesis -multipolaridad cooperativa, bipolaridad estabilizadora, orden reticular, perspectivas del Sur Global- que merecen ser estudiadas en profundidad.

Finalmente, es fundamental analizar cómo todo ello se expresa en América Latina: el comportamiento de las clases dominantes, la región como zona de disputa, las luchas antimperialistas de los pueblos, la lucha de clases y el papel del proletariado como clase dirigente. Todo ello en función de construir un camino propio, con independencia de clase, orientado a la cristalización del socialismo científico.

02/01/2026

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