Por: Gerardo Franceschi.
Marx decía que «la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases».
Chávez fue el elemento disruptor del statu quo de la política venezolana. En primer lugar, llamó a un proceso constituyente para avanzar en una Constitución que permitiera grandes transformaciones en el Estado venezolano y, en segundo término, impulsó 49 leyes habilitantes que daban poder al pueblo y fortalecían los intereses del propio Estado.
En ese contexto, los sectores oligárquicos del país veían amenazados sus beneficios acumulados durante la IV República y, de esa manera, con el apoyo de Washington, comenzaron a conspirar en contra del nuevo proceso democrático y popular que empezaba a constituirse.
Por tal motivo, sectores como FEDECÁMARAS, la CTV, los medios de comunicación, sectores religiosos, partidos de oposición, ONG, parte del sector militar —y detrás, las maniobras de la CIA— se alinearon para asestar un golpe de Estado los días 11, 12 y 13 de abril, rompiendo el hilo constitucional y dando paso a una dictadura circunstancial que desembocó en la persecución del movimiento popular y sus líderes, trayendo consigo desapariciones y muertes durante el gobierno de facto.
Sin embargo, la conciencia del pueblo y el liderazgo de Hugo Chávez permitieron el retorno del presidente. Pese al regreso del líder el 13A —quien hizo un llamado a la paz, a la reconciliación y a la construcción de una Venezuela de todos—, no se hicieron esperar las conspiraciones constantes en contra de la Revolución Bolivariana y del país. Con el paso de los días, se sumaron al plan sectores de la derecha nacional e internacional, con el apoyo de la Casa Blanca.
Ante los fracasos de sus brazos políticos y militares que Estados Unidos buscó para lograr un cambio de gobierno durante más de dos décadas, el gobierno norteamericano se puso al frente para invadir, cometer crímenes de guerra y secuestrar al presidente constitucional y a la primera dama de Venezuela, el 3 de enero de 2026.
Todo ello constituye dos hechos históricos que se entrelazan el uno con el otro, por sus motivaciones y por los intereses —ya explícitos— del Imperio norteamericano en su afán de convertir al país en una neocolonia subyugada a sus designios.
A 24 años del golpe de abril de 2002, debe privar la conciencia. No debemos borrar de nuestra memoria histórica los acontecimientos a los que nos han sometido en los últimos tiempos, que sólo han causado una gran herida en el seno del pueblo de Bolívar, Chávez y Maduro.




