DDE TUXPAN A LA VICTORIA: EL ABRAZO DE MÉXICO A LA REVOLUCIÓN CUBANA Y SU RESISTENCIA ACTUAL

Julio Gerardo, CONAICOP SECRETARÍA México.

Hablar de la Revolución Cubana es, ineludiblemente, reconocer a México como un escenario vital en su gestación y desarrollo. Hoy, cuando el pueblo cubano sigue enfrentando las brutales medidas de asfixia económica y las constantes agresiones por parte del imperialismo estadounidense, mirar hacia atrás nos permite comprender que esta Revolución no nació de la improvisación, sino de una profunda resistencia histórica y del abrazo solidario entre los pueblos latinoamericanos.

Los orígenes de la rebeldía y el juicio a la dignidad 

La chispa definitiva se encendió el 26 de julio de 1953 con el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. Esta acción armada, dirigida por Fidel Castro contra la dictadura de Fulgencio Batista —régimen fielmente sostenido por los Estados Unidos—, marcó el inicio de una nueva era emancipadora. Aunque la operación fracasó en términos estrictamente militares, sentó las bases políticas e ideológicas del Movimiento 26 de Julio.

Tras ser apresado, el 16 de octubre de 1953, Fidel Castro enfrentó un juicio anómalo en Santiago de Cuba. Confinado por razones de seguridad en una pequeña sala de enfermeras del Hospital Civil, Fidel asumió su propia defensa. Al ser cuestionado sobre quién era el autor intelectual del asalto, su respuesta fue tajante: José Martí, el apóstol de la independencia. Aquel alegato culminó con una frase que trascendería los muros de aquella sala para instalarse en la memoria de los pueblos oprimidos: «La Historia me absolverá».

Fidel y Raúl Castro, así como otros combatientes fueron condenados a 15 años de prisión, pero la inmensa presión popular obligó al dictador pro imperialista Batista a firmar una amnistía general. Tras 21 meses en presidio, el 15 de mayo de 1955, recobraron su libertad. El siguiente paso exigía un terreno fértil para reorganizar la esperanza, y ese lugar fue México.

México y el encuentro de los imprescindibles

Raúl Castro fue el primero en pisar tierra mexicana, el 24 de junio de 1955. Poco después, en julio, llegó Fidel para reestructurar la lucha armada bajo la bandera del Movimiento 26 de Julio.

Para entonces, en México ya se encontraba un joven médico exiliado tras presenciar el golpe de Estado orquestado por Washington contra el presidente guatemalteco Jacobo Árbenz, nos referimos a Ernesto Guevara de la Serna quien había llegado a la Ciudad de México en septiembre de 1954, trabajando como fotógrafo y médico en el Hospital General. Su inmersión en los círculos de la izquierda comunista fue facilitada por Hilda Gadea Acosta, economista y política peruana, militante de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), con quien contrajo matrimonio el 18 de agosto de 1955 en Tepotzotlán, Estado de México.

El destino tejió sus hilos en junio de 1955 en la colonia Tabacalera de la capital mexicana. En el número 49 de la calle José Emparán, Fidel Castro y Ernesto Guevara sostuvieron una histórica y extensa conversación. Esa misma noche, el argentino aceptó unirse a la expedición armada como médico y combatiente. Fue en tierras mexicanas donde, por su insistencia en usar esa expresión típica de su país, Fidel y sus compañeros lo bautizaron para la eternidad, pues allí nació para el mundo el mítico Ernesto «Che» Guevara.

La forja de la expedición con férrea solidaridad y disciplina 

Preparar a 82 expedicionarios fue un proceso clandestino, intenso y lleno de sacrificios que duró casi un año. Esta gesta no habría sido posible sin la solidaridad del pueblo mexicano. Antonio del Conde, a quien Fidel bautizó cariñosamente como «El Cuate», fue una pieza clave al facilitar armas y la embarcación que haría historia, nos referimos a el Yate Granma.

El entrenamiento fue integral, puesto que no solo se forjó la resistencia física, sino la táctica guerrillera, la disciplina militar y la entereza mental bajo condiciones de persecución y escasez. Escenarios como el Rancho Santa Rosa en Chalco, Estado de México, sirvieron para prácticas con fuego real bajo la mirada de Fidel y el Che. Asimismo, el luchador mexicano Anastasio «El Kid» Venegas impartió técnicas de defensa personal y albergó a varios revolucionarios en su propio hogar. El Cerro del Chiquihuite, en el norte de la Ciudad de México, fue testigo de las extenuantes marchas para alcanzar la máxima resistencia humana.

Los preparativos finales se discutían a media voz entre tazas de café. El legendario Café Habana, en la esquina de Bucareli y Morelos, fue uno de los puntos de reunión donde Fidel, Raúl, el Che y otros revolucionarios ultimaban los detalles antes de partir hacia Veracruz.

«Si salimos, llegamos…» 

En Santiago de la Peña, a orillas del río Tuxpan en Veracruz, Fidel rentó una casa que sirvió como cuartel final. Allí se congregaron líderes de la talla de Juan Almeida Bosque, Camilo Cienfuegos, Ramiro Valdés, Juan Manuel Márquez, el capitán Norberto Collado, el mexicano Alfonso Guillén Zelaya, el dominicano Ramón Mejía del Castillo («Pichirilo») y el italiano Gino Donè Paro.

Antes de zarpar, Fidel selló el compromiso con una máxima implacable: «Si salimos llegamos, si llegamos entramos, si entramos triunfamos».

La madrugada del 25 de noviembre de 1956, desafiando condiciones meteorológicas adversas, el Yate Granma salió sigilosamente del embarcadero del río Tuxpan con 82 almas a bordo. Durante la travesía, en medio de la oscuridad y un mar agitado, el expedicionario Roberto Roque Muñiz cayó al agua. En un acto que demostraba que en la Revolución el humanismo está por encima del cálculo frío, Fidel ordenó detener la marcha. Buscaron durante casi una hora, arriesgando toda la operación, hasta que lograron rescatarlo con vida. Nadie se quedaba atrás.

La victoria de la fe inquebrantable 

El 2 de diciembre de 1956, acorralados por el barrizal y el fango, el Granma encalló en Los Cayuelos, cerca de la playa Las Coloradas (Niquero). Poco después del desembarco, sufrieron un duro revés militar que dispersó a los combatientes.

Para el 5 de diciembre, tras el bautismo de fuego, Fidel logró reagruparse con un puñado de hombres y unas pocas armas. Al preguntar por el arsenal disponible, la respuesta fue desalentadora: solo traían cinco fusiles. Con la mirada puesta en el horizonte histórico, Fidel sumó los dos suyos y sentenció: «¡Siete! ¡Ahora sí ganamos la guerra!».

Reflexión final 

Esa misma convicción insumisa que llevó a un puñado de hombres de los pantanos de Las Coloradas al triunfo definitivo en 1959, es la que hoy sostiene a Cuba frente a la asfixia de un bloqueo imperialista criminal. Recordar a México como el sendero de esta Revolución es recordar que las grandes transformaciones sociales requieren organización, solidaridad internacionalista y una fe inquebrantable en la justicia popular. Hoy, más que nunca, la historia de hermandad entre México y Cuba nos enseña que el cruel imperialismo estadounidense no es invencible cuando un pueblo decide ser libre.

Julio Gerardo, Activista CONAICOP SECRETARÍA México.

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