Por Alex Chamán Portugal
Introducción
Evocar la decadente política peruana implica, inevitablemente, remitirse a imágenes de traiciones grotescas y giros inesperados; sin embargo, pocos casos ilustran la degradación moral con tanta crudeza como el del nefasto Fernando Miguel Rospigliosi Capurro. Nacido en febrero de 1947 en el distrito de Miraflores en Lima, este sociólogo y periodista inició su trayectoria pública imbuido de un ímpetu revolucionario, bajo el influjo de la obra marxista de José Carlos Mariátegui y el guevarismo.
Formado profesionalmente en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), Rospigliosi se sumergió en la turbulencia de la izquierda radical de los años 60 y 70. Como militante activo de Vanguardia Revolucionaria (VR), organización política fundada en 1968, fue una pieza clave en la difusión de las tesis antiimperialistas y la lucha de clases desde la codirección del semanario Amauta. En aquel entonces, se perfilaba como un intelectual orgánico comprometido con el fortalecimiento del movimiento popular, tal como lo reflejan sus obras Juventud obrera y partidos de izquierda (1988) e Izquierdas y clases populares (1989).
Su aparente consecuencia política continuó en los años 80 con la cofundación de la Asociación Pro Derechos Humanos (APRODEH) en 1983, desde donde denunció el terrorismo de Estado durante el conflicto armado interno. Incluso durante la dictadura de los 90, textos como Las Fuerzas Armadas y el 5 de abril (1996) lo mostraban como un opositor al régimen criminal de Fujimori y Montesinos. No obstante, esa imagen progresista no era más que una fachada que, con el correr de los años, se desmoronó para revelar a un siniestro operador político que capituló ante el poder del dinero y el reconocimiento de la burguesía. Su tránsito, de ministro del Interior en el Gobierno neoliberal de Toledo a congresista fujimontesinista y presidente interino del parlamento bajo la tiranía del fujimorismo en 2025, evidencia el oportunismo de quien hoy funge como férreo defensor de las fuerzas represivas y alfil de los injustos intereses de los explotadores y opresores.

Del Trotskismo al servilismo a las mafias
La involución de Rospigliosi no debe leerse como un proceso reflexivo, sino como un salto oportunista dictado por los reaccionarios vientos políticos globales. Tras su ruptura con VR en 1980 y su paso por el Instituto de Estudios Peruanos (IEP), en que aún criticaba las atrocidades del paramilitar Grupo Colina, el colapso del bloque soviético por obra del revisionismo y la hegemonía del capitalismo neoliberal depredador de los 90 facilitaron su coqueteo con el statu quo y pronto servilismo al mismo en condición de mercenario.
Ya como ministro del Interior (2001-2004), impulsó mecanismos como los Comisionados para la Paz y el Desarrollo, que bajo una retórica de pacificación, consolidaban el control estatal en detrimento de la propia democracia liberal y su Estado de derecho. Este viraje marcó su transformación definitiva de defensor de los Derechos Humanos a ejecutor de políticas de blanqueamiento de todo tipo de abusos enmarcados en terrorismo de Estado. Analistas como Eduardo Dargent lo han catalogado acertadamente como un «converso», alguien que trocó sus ideales “revolucionarios” por un pragmatismo servicio de los enemigos de la nación y el pueblo.
La consumación de esta traición llegó en 2020 con su incorporación a la llamada Fuerza Popular, organización criminal liderada por Keiko Fujimori, a quien años atrás señalaba como heredera de una dictadura mafiosa y criminal. Su ascenso político -congresista, presidente de la Comisión de Constitución y presidente interino del Congreso tras la vacancia de la genocida y golpista Dina Boluarte en 2025- no es casualidad, sino el pago por servicios prestados como politiquero y mercenario. Revelaciones periodísticas confirmaron que recibió importantes sumas de dinero y otras prebendas por consultorías para el plan de gobierno fujimorista mientras escribía columnas supuestamente «independientes». Rospigliosi instrumentaliza hoy su pasado izquierdista para atacar con mayor eficacia a los sectores populares y luchadores sociales que juró defender.
De Antiimperialista a Peón de la CIA
Una de las facetas más oscuras de esta metamorfosis es su alineamiento con los intereses de inteligencia de los Estados Unidos. Resulta una ironía histórica que quien inició su vida combatiendo el imperialismo terminara colaborando, directa o indirectamente, con la agenda de la CIA. Su cercanía operativa con el entorno heredado de Vladimiro Montesinos quien también fue agente al servicio de la CIA.
Durante su gestión ministerial, supervisó operaciones alineadas con los intereses de Washington y ejerció presión política para desacreditar a candidatos de izquierda. Más tarde, como asesor del fujimorismo, participó activamente en las campañas de demolición contra el presidente Pedro Castillo, coincidiendo con la estrategia de desestabilización promovida por agencias extranjeras. Rospigliosi renegó de su juventud antiimperialista para convertirse en una correa de transmisión de la embajada norteamericana, supeditando la soberanía nacional a agendas extranjerizantes.
Lacayo de la mafia Fujimontesinista
El cinismo de Rospigliosi alcanza cumbres inauditas en su alianza con el fujimorismo. Por ejemplo, en el año 2000, fue él quien facilitó la difusión del video Kouri-Montesinos que precipitó la caída de la dictadura; hoy, es uno de sus principales operadores. Pasó de advertir sobre la ofensiva fujimorista» en 2017 a integrarse sinuosamente en sus filas en 2020.
Su labor legislativa ha sido la de un ramplón operador de la impunidad, puesto que impulsó la Ley 32107 en 2025, una amnistía disfrazada para militares genocidas acusados de crímenes de lesa humanidad, y avaló beneficios para efectivos policiales y militares procesados por violaciones a los derechos humanos, consolidando un marco legal de impunidad ratificado vergonzosamente por el mafioso Tribunal Constitucional. Al calificar a Keiko Fujimori como una buena opción presidencial, pretende ignorar sus procesos por lavado de activos, Rospigliosi se confirma como un testaferro político que trafica con principios a cambio de vergonzosas cuotas de poder.
Defensor de las fuerzas armadas y policiales genocidas
El antiguo crítico del terrorismo de Estado se ha erigido como el vocero oficioso de las fuerzas represivas. Su historial carga con la negligencia política del Linchamiento de Ilave Puno en 2004, que le costó la censura ministerial. Más grave aún es su postura frente a las masacres recientes, como las protestas de 2022-2023 en el marco de la lucha por la defensa de la voluntad popular, justificó los asesinatos de casi un centenar de civiles como necesarias, terruqueando a las víctimas, sus familiares y luchadores sociales.
En octubre de 2025, Rospigliosi defendió leyes para eximir de prisión preventiva a policías por practicar el terrorismo de Estado, llegando al extremo de visitar y respaldar al agente acusado de asesinar al artista popular Eduardo «Truko» Ruiz. Su respaldo popular es ínfimo (10% de aprobación), pero su utilidad para la lumpen burguesía y las mafias militares y policiales es alta, actuando como escudo político ante las denuncias de extorsión y sicariato y demás ilícitos.
Corrupción y mercenario del poder
Los escándalos definen su gestión, desde enriquecimiento mediante pagos no transparentados de Fuerza Popular hasta sanciones por el uso indebido de recursos del Congreso para proselitismo fujimorista en 2025. Rospigliosi ha demostrado ser un mercenario eficiente, sirviendo a un Estado caduco y actuando como engranaje entre los poderes fácticos (empresarial, militar-policial, ejecutivo, legislativo, judicial y electoral) y las organizaciones criminales que han capturado la política.
De “revolucionario” a traidor
En la tradición revolucionaria, la capitulación no es un simple cambio de camiseta; es una degradación moral absoluta. El renegado, al cruzar la trinchera, necesita expiar su “mancha” de origen ante sus nuevos amos burgueses. Para ello, desarrolla una lealtad sobreactuada y agresiva. Psicológicamente, Rospigliosi intenta matar su propio pasado atacando con saña a quienes mantienen los principios que él vendió. El sistema capitalista instrumentaliza esta patología, puesto que utiliza al traidor porque conoce los códigos, debilidades y rutas de la izquierda. Su hostilidad es miserable porque es técnicamente precisa; ya que golpea donde más duele para asegurar su supervivencia en el nuevo orden que antes comatía, convirtiéndose en el enemigo más recalcitrante de su antigua causa.
Una lacra política contra el pueblo
Fernando Rospigliosi personifica la descomposición política e ideológica en su estado más puro; representa el tránsito nauseabundo de la vanguardia intelectual a la retaguardia de la mafia. No estamos ante un simple adversario político, sino ante una lacra social que ha puesto su intelecto y su conocimiento íntimo del movimiento popular al servicio de la maquinaria de muerte del decadente Estado burgués. Su figura condensa la funcionalidad del traidor, pues es el exizquierdista que la derecha necesita para legitimar la ofensiva contra el pueblo, el tonto útil con credenciales académicas que justifica, desde la presidencia del Congreso, que la sangre del pueblo sea derramada con descarada impunidad legalizada.
Su traición constituye un asalto directo a la memoria colectiva del Perú, especialmente de los sectores populares. Al defender a los verdugos de ayer y de hoy -desde los asesinos del Grupo Colina que antes denunciaba, hasta los militares y policías que disparan contra artistas y manifestantes en 2025, Rospigliosi busca borrar la historia para reescribirla a la medida de los enemigos de la patria y verdugos del pueblo. Es un agente corrosivo que, bajo el amparo de la CIA y la mafia fujimontesinista, trabaja para desmantelar cualquier posibilidad de justicia social. Desenmascarar a Fernando Rospigliosi y sus socios de todo pelaje es, por consiguiente, un deber moral imperativo de higiene política. La historia de los pueblos no perdona a quienes, habiendo portado la bandera de la emancipación, terminan reptando para servir a los que históricamente niegan derechos esenciales a las masas populares. Él es la prueba viviente de que la revolución no solo combate enemigos externos, sino que debe purgar sin contemplaciones a las miserias internas que, como él, terminan gangrenando la lucha y sus perspectivas de progreso, desarrollo y bienestar.
Referencias
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