Por Pedro Ovando Rengifo
La gestión educativa en el siglo XXI, y muy particularmente en el contexto rural boliviano, se enfrenta a una encrucijada vital que definirá el futuro de nuestras comunidades. O seguimos administrando la inercia de una escuela burocrática que vigila y castiga, o nos atrevemos a construir una comunidad viva que escucha y sana. En la Unidad Educativa «Tolomosa Grande», hemos tomado la decisión política de optar por el segundo camino, desafiando la visión administrativa tradicional para abrazar una gestión transformadora, situada y profundamente decolonial.

El diagnóstico de una realidad fracturada
Al iniciar este proceso de investigación y transformación, nos topamos con una realidad dolorosa que no podíamos ignorar. Bajo la calma aparente de la rutina escolar, existía un rumor sordo de conflictos no resueltos, alimentados por la discriminación, la violencia intrafamiliar y la soledad producto de la migración parental. Los números nos gritaron una verdad incómoda, ya que un 43% de los incidentes que atendíamos no eran académicos, sino afectivos, relacionados con disputas de pareja, celos y tensiones sentimentales entre estudiantes.
Aún más revelador fue constatar que en un 40% de los casos, los padres y madres de familia estaban involucrados directa o indirectamente, lo que nos confirmó que la escuela estaba lidiando con conflictos familiares trasplantados al patio de recreo. La respuesta tradicional ante esto siempre fue la sanción automática expresada en amonestaciones, citaciones y suspensiones. Sin embargo, descubrimos que actuar bajo la lógica punitiva solo servía para parchar el incidente inmediato, sin prevenir su repetición ni sanar el vínculo roto, dejando al estudiante con más resentimiento y a la comunidad igual de fracturada.
Una propuesta nacida de la tierra
Nuestra respuesta esencialmente fue política y pedagógica. Decidimos dejar de mirar manuales extranjeros y volvimos la mirada a nuestras raíces, fundamentando nuestra acción en el Ayni (reciprocidad) y la justicia restaurativa. Comprendimos que para cambiar la escuela debíamos involucrar a todos los actores. La participación de la Junta Escolar fue estratégica, puesto que dejaron de ser simples firmantes de cheques para convertirse en voceros legítimos que llevaban el mensaje de paz a los barrios y al sindicato.
Para elevar el nivel de la discusión y dotar de herramientas técnicas a nuestra comunidad, organizamos el Simposio «Construyendo Puentes», que se convirtió en un espacio ritual de capacitación sobre negociación y comunicación no violenta. Además, implementamos dinámicas de introspección como el «Rombo de la Vida», que permitió a padres y docentes darse cuenta de los desequilibrios entre su trabajo y su salud o sus relaciones, entendiendo que para educar en paz, primero debemos sanarnos nosotros mismos.
Resultados y lecciones aprendidas
Los frutos de este cambio de paradigma se caracterizaron por ser visibles y tangibles. Hemos pasado de la cultura de la queja a la cultura de la propuesta. Casos complejos, como el de estudiantes que llegaban en motocicleta a alta velocidad poniendo en riesgo la seguridad de todos, se resolvieron apelando a la ética del cuidado y al diálogo con las familias, logrando un cambio de actitud sin necesidad de recurrir a la fuerza policial.
Logramos desactivar riñas violentas entre estudiantes mediante el compromiso familiar y la contención comunitaria en círculos de diálogo, evitando la intervención burocrática de la Defensoría que suele judicializar y estigmatizar a la infancia. La recuperación académica de estudiantes con bajo rendimiento también fue posible gracias a un enfoque de logoterapia educativa, ayudándoles a encontrar un sentido a su proyecto de vida.
Sin embargo, el camino no está exento de espinas., ya que la transición de estudiantes de escuelas asociadas al núcleo central sigue siendo traumática y requiere programas de acogida más sensibles. Además, la resistencia inicial de algunos sectores a abandonar la mano dura nos recuerda que la descolonización es un proceso lento, sucio y contradictorio que requiere constancia.
Conclusión
La experiencia de Tolomosa Grande es un llamado a la acción para todos los gestores y educadores del país. Nos demuestra que la calidad educativa no puede desligarse de la calidad humana. Necesitamos institucionalizar el cambio, integrando categorías como el Ayni y el Diálogo Plural en nuestros documentos oficiales para que no sean flor de un día. Debemos empoderar al maestro como mediador pedagógico y convertir la escuela en un verdadero territorio de paz. Solamente cuando tengamos el coraje de educar desde el corazón, validando nuestra identidad y cuidando al otro, podremos decir que estamos construyendo una escuela con alma.
Referencias
- Bolivia. (2009). Constitución Política del Estado. Gaceta Oficial del Estado Plurinacional.
- Giroux, H. (1990). Los profesores como intelectuales: hacia una pedagogía crítica del aprendizaje. Paidós.
- Ovando Rengifo, P. (2025). Tejiendo la Paz en la Escuela: Resolución de conflictos desde una mirada decolonial e inclusiva. Universidad Pedagógica Sucre.
- Rivera Cusicanqui, S. (2010). Ch’ixinakax utxiwa: una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores. Tinta Limón.
- Sousa Santos, B. de. (2010). Refundación del Estado en América Latina: perspectivas desde una epistemología del Sur. Plural Editores.



