Por: Gerardo Franceschi

Han transcurrido más de 14 días desde el inicio de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán. En los análisis de inteligencia del Gobierno estadounidense no estaba prevista la prolongación del conflicto, el cual, a medida que se desarrolla, tiende a agudizarse.
En noviembre de 2025, cuando se dieron a conocer las Estrategias de Seguridad Nacional del país norteamericano, se exponía lo siguiente: “…El conflicto sigue siendo la dinámica más problemática de Oriente Medio, pero hoy en día este problema es menos grave de lo que los titulares podrían hacer creer. Irán, la principal fuerza desestabilizadora de la región, se ha visto muy debilitado por las acciones israelíes desde el 7 de octubre de 2023 y la Operación Martillo de Medianoche del presidente Trump en junio de 2025, que degradó significativamente el programa nuclear iraní…”. Esto evidencia una subestimación de la capacidad de respuesta militar que podría ofrecer Irán ante los ataques que iniciaron con la muerte del ayatolá Jamenei. Incluso se llegó a considerar que el asesinato del líder permitiría acelerar la caída del Gobierno iraní. Sin embargo, esta guerra posee características distintas a la denominada «Guerra de los 12 Días»; para Irán, como lo han señalado algunos voceros de su Gobierno, se trata de la existencia misma del pueblo iraní.
La contraofensiva del país persa ha demostrado que se estaba preparando para la actual coyuntura bélica, por la manera casi inmediata en que ha reaccionado, lo cual ha tenido un impacto en los intereses de Estados Unidos en los países aliados del Golfo Pérsico, sobre todo en sus bases militares que servían para la vigilancia y «protección» de los socios en Medio Oriente.
Estratégicamente, será una derrota para EE. UU. e Israel, pues uno de los elementos que debe considerarse es la capacidad militar de Estados Unidos en comparación con la de Irán. La Casa Blanca, según el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI), destinó más de 919 mil millones de dólares en gasto militar en 2025, mientras que Irán invirtió un promedio de 30 mil millones. Es decir, existe una desproporción abismal en el gasto militar entre ambos países. No obstante, ha sido determinante el desarrollo tecnológico de la industria militar iraní que, con un presupuesto «moderado», ha creado armas letales y efectivas que han permitido asestar golpes importantes a la infraestructura bélica de EE. UU. en Medio Oriente.
Asimismo, la guerra ha dividido las posiciones de sectores económicos estrechamente vinculados con Estados Unidos, debido a la alteración de la cotidianidad en países como Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Arabia Saudita, que han construido desde hace mucho tiempo sus cimientos sobre la base de principios de paz interna, desarrollo y prosperidad. Sin embargo, su seguridad, en muchos casos, la han dejado en manos de los Gobiernos de turno en la Casa Blanca, lo que significará una ruptura en su concepción de país protector, no solo de sus propios intereses, sino también de los de sus socios.
De igual manera, sería un mensaje al mundo en el sentido de que actores como Rusia y China observarían cómo los norteamericanos entran en una guerra de desgaste con un país de 90 millones de personas y con una capacidad militar más reducida a la que ellos podrían poseer, ya que, en el fondo, las acciones de EE. UU. llevan implícita una clara señal de fuerza hacia el Kremlin y Pekín.
En tal sentido, estamos en medio de una guerra que sigue moviendo el tablero internacional, con implicaciones sociales, políticas y económicas a escala global. Por ello, el día en que se decida poner fin a la guerra, serán Estados Unidos e Israel los perdedores, más allá de los resultados que desencadene el con



