Por Richard Gonzales

La escalada del imperialismo yanki contra Venezuela, en el marco de lo que ha denominado su “nueva estrategia de seguridad”, mediante la cual redefine la Doctrina Monroe, no es otra cosa que la reafirmación de la preeminencia de Estados Unidos en el hemisferio occidental.
La Doctrina Monroe, que en sus orígenes se planteó como una oposición al colonialismo inglés y francés —es decir, como un principio de no intromisión europea en América Latina—, se sintetizaba en la consigna “América para los americanos”. Sin embargo, esta formulación terminó consolidándose como la expresión más descarada del dominio estadounidense sobre todo el continente.
Hoy asistimos a una reiteración de esa lógica, orientada a reafirmar el control hegemónico de Estados Unidos frente a la expansión de potencias consideradas sus enemigos estratégicos, como China, Rusia e Irán.
Evidentemente, esta escalada no se limita a Venezuela. El objetivo es todo el continente. En el marco de la actual contienda entre superpotencias, Washington apunta a debilitar y desintegrar a los BRICS+, imponiendo de manera gangsteril y colonialista sus condiciones de dominación criminal sobre países como Venezuela, Brasil, Colombia, Nicaragua y Cuba, al tiempo que envía un mensaje explícito de intervención militar contra cualquier nación que forme parte de bloques contrarios a su hegemonía.
Asimismo, pretende expulsar a Rusia y China del continente americano, aun cuando, bajo una lógica de reciprocidad entre potencias, Estados Unidos tampoco debería intervenir en Asia, Medio Oriente o Europa. Se trata, por tanto, de una doctrina hipócrita y gangsteril que, sin embargo, busca fragmentar a Rusia mediante la guerra indirecta en Ucrania, apoyándose en su vasallo de la OTAN; promueve a Israel en su accionar genocida para consolidar el dominio en Medio Oriente; y moviliza a Australia, Japón, Corea del Sur, Taiwán y otros aliados para cercar estratégicamente a China.
El monroísmo no es un fenómeno nuevo. Basta recordar la intervención de Napoleón III en México para instalar un emperador, episodio en el cual se volvió a invocar la Doctrina Monroe. En 1890, esta doctrina fue nuevamente esgrimida en relación con el conflicto territorial entre Venezuela y Guayana, durante el gobierno del presidente estadounidense Benjamin Harrison, del Partido Republicano. El diferendo se resolvió mediante arbitraje internacional y fue sometido en 1891 al Consejo Federal Suizo, cuyo fallo favoreció a Francia.
En el caso de la Guayana Británica, en 1895, ante la expansión del Reino Unido, Venezuela apeló a la Doctrina Monroe, y Estados Unidos, bajo la presidencia de Grover Cleveland, intervino diplomáticamente para frenar la expansión de la reclamación imperial europea. Conviene recordar que en aquel entonces Gran Bretaña era la principal potencia imperialista del mundo, con una influencia que se extendió hasta 1945.
La expansión y el imperialismo continental yanki se consolidaron a partir de 1901, bajo la presidencia de Theodore Roosevelt, dando inicio a una etapa de dominación sistemática en América Latina que se ha prolongado hasta la actualidad. Saqueo de recursos, derrocamiento de gobiernos, invasiones, asesinatos, adoctrinamiento criminal de fuerzas cipayas bajo el pretexto del “combate al comunismo”, el Plan Cóndor y la actuación de la CIA contra gobiernos progresistas o de izquierda forman parte de este historial de violencia estructural.
Hoy, en el contexto de la pérdida de hegemonía del imperialismo estadounidense, marcada por derrotas reiteradas en Afganistán, Irak, Irán y Ucrania, así como por profundas contradicciones internas —endeudamiento extremo, desindustrialización, inflación, desempleo masivo y pobreza creciente—, la sobreextensión imperial resulta cada vez más insostenible. Los enormes gastos en bases militares y operaciones bélicas han generado un desgaste global que ha permitido el avance de potencias como China, Rusia e Irán en zonas antes controladas por el antiguo gendarme mundial.
¿Acaso pretende Estados Unidos parapetarse en América Latina para subsistir? El repliegue en antiguas zonas de dominio es evidente, al igual que la insostenibilidad de su hegemonía frente al avance de China, sustentado en una poderosa industria, desarrollo tecnológico y capacidad militar, y frente a la preeminencia militar de Rusia, hoy primera potencia militar mundial, que enfrenta y derrota a Occidente en Ucrania. Si a ello se suma la progresiva pérdida de la hegemonía del dólar, se comprende con mayor claridad la ofensiva contra Venezuela.
Estados Unidos está dispuesto incluso a una confrontación directa para defender su zona de influencia, expulsando a China, Rusia e Irán de Venezuela. Pero el objetivo no es solo ese país, sino todo el continente. Por ello, los pueblos deben ser plenamente conscientes de las consecuencias del neomonroísmo, particularmente para las luchas populares, la disidencia política, los liderazgos sociales y las organizaciones democráticas y antiimperialistas. Este proceso implica una intensificación de la reacción, la criminalización, la persecución, la estigmatización y, en muchos casos, el asesinato abierto y descarado.
En este escenario, la resistencia, la lucha, el ejercicio pleno de la soberanía, la autodeterminación, la independencia y el antiimperialismo se colocan como tareas prioritarias para los pueblos de América Latina. Ello exige organización continental, enfrentamiento directo a los regímenes cipayos y una lucha planificada y sostenida por la liberación de los pueblos y naciones oprimidas.
17/12/2025



