LA BIPOLARIDAD ENTRE ESTADOS UNIDOS Y CHINA EN ESCENARIOS DE COLUSIONES Y PUGNAS INTERIMPERIALISTAS

Alex A. Chamán Portugal

Introducción

Se destaca la crisis del orden unipolar y reconfiguración del capitalismo mundial, puesto que el sistema internacional se caracteriza por superar el perverso orden unipolar instaurado tras la disolución y desmembramiento de la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). La caída del orden unipolar estadounidense puede interpretarse como un reajuste del escenario internacional entre Estados, por consiguiente, una expresión histórica concreta de las contradicciones internas del capitalismo en su fase imperialista terminal. La hegemonía única estadounidense, consolidada en la década de los noventa en base al parasitario capital financiero, la supremacía militar y sus genocidas políticas guerreristas, el coaccionador control institucional del orden mundial, entró en una etapa de declive efectivo, erosionada por severas crisis recurrentes, sobreacumulación de capital y pérdida de legitimidad política.

En este contexto emerge una bipolaridad estructural entre el imperialismo de Estados Unidos y China capitalista, que no reproduce mecánicamente la lógica de la Guerra Fría (entre el campo capitalista versus el socialista), sino que se asienta plenamente en el marco del capitalismo mundial en descomposición. La actual rivalidad enfrenta dos formas relativamente diferenciadas de capitalismo, ambas insertas en la ley del valor, la acumulación ampliada y la competencia interimperialista expresada en apropiación de recursos naturales y disputas por mercados mundiales.

La bipolaridad en desarrollo es el resultado de la indetenible debacle hegemónica estadounidense y el imparable ascenso de China, situación que se caracteriza por la coexistencia contradictoria de colusión estructural e intensificación de las pugnas interimperialistas, particularmente en los ámbitos científico-tecnológico, financiero, industrial y comercial.

1. El imperialismo y el agotamiento de la unipolaridad

El imperialismo no constituye una política exterior accidental, sino una fase histórica terminal del capitalismo, caracterizada por la concentración del capital, la exportación de capitales, la dominación financiera y la lucha entre grandes potencias capitalistas por mercados, recursos y zonas de influencia (Lenin, 1917/2008).

La unipolaridad estadounidense, posterior a la caída del Muro de Berlín de 1991, se sustentó en tres pilares esenciales:

a) Hegemonía financiera, siendo el dólar como moneda mundial de reserva y de transacciones, permitiendo a Estados Unidos financiar déficits estructurales y ejercer poder coercitivo mediante sanciones unilaterales.

b) Supremacía militar global, ya que más de 850 bases militares y un gasto de defensa que, incluso en 2023, superó los 880 mil millones de dólares, equivalente a cerca del 40 % del gasto militar mundial (SIPRI, 2024).

c) Dominio ideológico-institucional, mediante la imposición del fracasado y depredador neoliberalismo contra los pueblos del mundo, a través del FMI, el Banco Mundial y la OMC.

Referida configuración entró en profundos aprietos con la crisis financiera de 2008, que evidenció los límites del capital financiero desregulado y marcó el inicio de una desaceleración estructural del centro capitalista cuyo epicentro es Estados Unidos. A partir de ahí, el crecimiento económico mundial ha sido sostenido en gran medida por Asia, especialmente por China, que pasó de representar el 4 % del PIB mundial en el 2000 a superar el 18 % en el 2023, y más del 35 % del PIB mundial medido en paridad de poder adquisitivo (PPA) (Banco Mundial, 2024).

2. China capitalista y su proyección imperialista

Contrariamente a las narrativas que presentan ilusamente a China como una alternativa al capitalismo, resulta más preciso caracterizarla como un capitalismo de Estado, en que el partido-Estado actúa como capitalista colectivo, orientando la acumulación explotadora, disciplinando al capital privado y proyectando intereses nacionales en el exterior.

La expansión china responde a contradicciones internas del proceso de acumulación capitalista, expresada en la sobrecapacidad industrial, necesidad imperiosa de nuevos mercados, aseguramiento voraz de materias primas y control de cadenas de valor estratégicas. La iniciativa de la Franja (ruta terrestre) y la Ruta (marítima) debe interpretarse, por consiguiente, como un mecanismo de exportación de capital, infraestructura y crédito, orientado a absorber excedentes y garantizar posiciones geoeconómicas en Asia, África, América Latina y Oceanía.

En términos materiales y económicos, el ascenso de china se expresa en datos importantes:

  • China concentra más del 30 % del valor agregado manufacturero mundial, superando ampliamente a Estados Unidos y con tendencia a ampliarse (UNIDO, 2023).
  • Controla aproximadamente el 90 % del procesamiento de tierras raras y más del 70 % de las cadenas de suministro de baterías de litio, insumos críticos-claves para la transición energética y la IV Revolución Industrial.
  • Su gasto militar oficial se despuntó por encima de 314 mil millones de dólares en 2023, aunque varias estimaciones independientes lo sitúan cerca de 450 mil millones, con una tasa de crecimiento sostenida superior al promedio occidental (SIPRI, 2024).

Estos aspectos permiten asegurar que China ha dejado de ser una potencia emergente para convertirse en un protagonista polo imperialista en desarrollo, en colisión directa con los intereses históricos del imperialismo estadounidense en creciente decadencia.

3. La bipolaridad como manifestación del capitalismo en ruinas

La bipolaridad actual no involucra un equilibrio estable entre Estados Unidos y China, sino una estructura de alta fricción, en que la feroz competencia se desarrolla en una coyuntura de interdependencia profunda en que la colusión y pugna son recurrentes. Así, Estados Unidos y China están atrapados en una relación que combina referidas dos importantes cuestiones:

a) Colusión estructural, en que el comercio bilateral es superior a 575 mil millones de dólares anuales, interdependencia financiera y estabilidad del sistema monetario global.

b) Pugnas interimperialistas, mediante la guerra tecnológica (semiconductores, IA), sanciones económicas, control de rutas comerciales, militarización del Indo-Pacífico.

Esta relación puede caracterizarse como una contradicción entre capitales nacionales altamente concentrados, en que la competencia no busca destruir el sistema, sino reordenar la jerarquía dentro del capitalismo globalizado. No existe aquí un proyecto alternativo emancipador en disputa, sino una lucha por la hegemonía en la reproducción ampliada del capital. En suma, se tiene potencias que contienden por perennizar el cruel orden capitalista.

4. Aportes teóricos para interpretar la bipolaridad

Autores como Giovanni Arrighi (2007) y David Harvey (2014) permiten comprender esta transición como parte de los ciclos sistémicos de acumulación histórica, en que una potencia declinante (Estados Unidos) conserva el poder financiero, político y militar, mientras una potencia ascendente (China) lidera la producción real, es decir, científica-tecnológica expresada en una vigorosa industrialización. Así, la bipolaridad expresa un desfase entre poder productivo industrial y poder financiero especulativo, generando tensiones estructurales prolongadas que las afectan.

Asimismo, desde la teoría del sistema-mundo (Wallerstein), la rivalidad entre China y Estados Unidos debe leerse como una disputa por el centro del modo de producción capitalista, con implicancias directas para las naciones oprimidas y pueblos del mundo, que se convierten en escenarios de disputa, dependencia tecnológica y extracción de valor.

En suma, la bipolaridad entre Estados Unidos y China no es un fenómeno coyuntural ni meramente geopolítico, sino una forma histórica del imperialismo, surgida de las contradicciones del capitalismo globalizado en profundiza crisis. Su comprensión exige abandonar enfoques idealistas o normativos y asumir una lectura materialista-dialéctica y crítica, capaz de vincular poder, acumulación y lucha anticapitalista y antimperialista.

5. La guerra tecnológica y financiera como expresión de la pugna interimperialista

En la fase actual del capitalismo, la competencia interimperialista se ha desplazado gradualmente desde la confrontación político y militar directa hacia el control de los principales sectores estratégicos de la IV Revolución Industrial. Actualmente, la disputa entre Estados Unidos y China se expresa, con bastante ímpetu, en los ámbitos de los semiconductores, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones 5G, la robótica, la computación cuántica y las finanzas digitales.

Esta guerra tecnológica no es un absurdo, sino una manifestación inevitable de la tendencia del capital a apropiarse de las fuerzas productivas más avanzadas para garantizar ventajas en la competencia global. El control científico y tecnológico se constituye, así en una fuente de renta extraordinaria, ya que refuerza la concentración y centralización del capital a escala planetario.

El imperialismo estadounidense conserva una posición dominante en el diseño de microchips de alta gama y en el control de nodos críticos de la cadena global de valor de la industria de semiconductores, particularmente a través de empresas estratégicas como ASML, NVIDIA y TSMC. Esta supremacía tecnológica ha permitido a Estados Unidos desplegar arbitrariamente un conjunto de sanciones tecnológicas selectivas orientadas a frenar el ascenso científico-tecnológico de China, especialmente en los segmentos más avanzados de la producción de chips.

Entre 2019 y 2024, Estados Unidos acrecentó los controles de exportación que restringen el acceso de empresas chinas a equipos de litografía avanzada, software especializado y componentes críticos, con el objetivo explícito de ralentizar el desarrollo tecnológico autónomo de su principal competidor estratégico. De acuerdo con un informe del Congreso de Estados Unidos difundido por Infobae, estas determinaciones forman parte de una estrategia sistemática destinada a impedir que China alcance la autosuficiencia en la producción de semiconductores de última generación, considerados como un insumo clave para la inteligencia artificial, la industria militar y la digitalización de la economía (Infobae, 2025).

Estas restricciones no responden solamente a consideraciones de seguridad nacional, sino que constituyen una forma de intervención estatal directa al servicio del capital monopolista, orientada a preservar rentas tecnológicas extraordinarias y posiciones dominantes en el marco de la competencia interimperialista. La denominada guerra de los chips expresa así una de las contradicciones medulares del capitalismo actual, por lo que empeora la tensión entre la socialización global de las fuerzas productivas y su apropiación privada por un reducido núcleo de potencias capitalistas e imperialistas.

China ha respondido con una política estratégica de sustitución tecnológica acelerada, incrementando su inversión en investigación y desarrollo sofisticado hasta superar los 550 mil millones de dólares anuales, cifra que la sitúa en el segundo lugar a nivel mundial, apenas por debajo de Estados Unidos. Este esfuerzo no persigue ninguna ruptura con el capitalismo global, sino la consolidación de un polo científico y tecnológico propio dentro del mismo sistema.

En el escenario financiero, la pugna se articula en torno a la cada vez menor hegemonía del dólar. No obstante, este continúa representando cerca del 58 % de las reservas internacionales, por lo que su uso como instrumento de coerción política ha incentivado procesos de desdolarización parcial, impulsados por China mediante acuerdos bilaterales, la utilización del yuan en comercio energético y el fortalecimiento de bancos de desarrollo alternativos. Sin embargo, estas iniciativas no conllevan aún una ruptura sistémica, sino una erosión gradual del poder financiero estadounidense.

6. Militarización contenida y traslado del conflicto hacia las naciones y pueblos

A diferencia de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la bipolaridad actual se caracteriza por una velada carrera armamentista entre los polos centrales, sin soslayar a Rusia. También por la externalización del conflicto hacia regiones periféricas y semiperiféricas que se configuran como espacios de disputa indirecta, en la que se combinan intereses geoeconómicos, estratégicos y militares.

El imperialismo Yanqui mantiene cierta supremacía militar, con un presupuesto que supera ampliamente al de cualquier otro Estado. Sin embargo, China ha desarrollado sorprendentes capacidades de disuasión regional asimétrica, especialmente en el Mar de China Meridional y en el estrecho de Taiwán. Esta situación viene generando un equilibrio inestable con riesgos bélicos, en que la confrontación directa resulta altamente costosa para ambas potencias.

Esta dinámica puede interpretarse como una forma de gestión del conflicto interimperialista, en la que el empleo de la fuerza se subordina a la preservación de las condiciones generales de reproducción del capital global. La guerra abierta entre referidas potencias pondría en riesgo las cadenas globales de valor, el sistema financiero y la estabilidad del mercado mundial, afectando directamente a los grupos dominantes del capital en ambos países.

7. Naciones oprimidas y pueblos como espacios de disputa estructural

La bipolaridad China Estados Unidos tiene profundas implicancias para las naciones oprimidas y pueblos del mundo, que se convierten en escenarios privilegiados de competencia para saquear los recursos naturales, apropiarse de mercados, ofertar infraestructura y concretar alineamientos políticos. Latinoamérica, ocupa un lugar estratégico por su cuantiosa riqueza en litio, cobre, oro, plata, hidrocarburos, biodiversidad y alimentos.

China se ha consolidado como principal socio comercial de muchos países latinoamericanos, desplazando a Estados Unidos en economías clave. Entre el 2000 y el 2023, el comercio entre China y América Latina pasó de 12 mil millones a más de 480 mil millones de dólares, acompañado por inversiones en rubros estratégicos como minería, energía e infraestructura. Sin embargo, esta relación reproduce, en la mayoría de los casos, una inserción dependiente basada en la exportación de materias primas, lo que impide el desarrollo industrial autónomo de la región. Este proceso se enmarca en la división internacional del trabajo estructurada por la lógica opresora del capitalismo, la cual reproduce y profundiza desigualdades estructurales al concentrar las actividades de alto valor agregado en las naciones industrializadas, mientras relega a las economías desindustrializadas a funciones subordinadas, primario-exportadoras y de bajo contenido científico tecnológico, consolidando así relaciones de dependencia y atraso.

Estados Unidos combina mecanismos tradicionales de influencia (instituciones financieras, tratados comerciales, cooperación militar) con estrategias coercitivas como las que se aplican en Venezuela Bolivariana, Cuba, etc., orientadas a contener la expansión china en su patio trasero o área histórica de influencia.

Esta situación no representa una oportunidad automática de emancipación para las naciones oprimidas y pueblos, sino una reconfiguración de las relaciones de dependencia, en que los Estados latinoamericanos capitalistas oscilan entre uno y otro polo sin modificar sustancialmente su lugar subordinado y de atraso en la división internacional del trabajo.

8. La IV Revolución Industrial y la lucha por el control de las fuerzas productivas

La IV Revolución Industrial constituye el campo estratégico central de la bipolaridad en la que contienden Estados Unidos y China. La automatización o robótica, la digitalización o internet de las cosas y la inteligencia artificial redefinen la productividad y reconfiguran las relaciones de clase social (explotadores versus explotados) a escala mundial, intensificando la lucha de clases merced a mayor explotación del trabajo y la precarización laboral, así como, a conculcación de derechos fundamentales y libertades demoliberales.

Estados Unidos y China buscan liderar esta transformación, no para transformar revolucionariamente la sociedad capitalista, sino para salvarle y pretender eternizarla asegurando posiciones dominantes en la apropiación del valor generado por las nuevas fuerzas productivas. Así, la disputa científica tecnológica es inseparable de la lucha por la hegemonía ideológica y cultural, en la que cada polo promueve narrativas demagógicas de “libertad”, “democracia”, “equidad”, “equilibrio”, “seguridad” o “desarrollo” funcionales a sus respectivos proyectos de poder imperialista.

9. Conclusiones

La bipolaridad del siglo XXI entre Estados Unidos y China debe ser comprendida no como la marcha hacia un nuevo modo de producción, sino como una expresión histórica de la crisis estructural del capitalismo en su fase imperialista. Lejos de inaugurar una etapa de estabilidad, esta configuración bipolar representa una fase prolongada de descomposición del imperialismo, en la que los mecanismos tradicionales de regulación económica, política y geoestratégica han perdido eficacia frente a las contradicciones internas del capital.

Esta bipolaridad expresa, por un lado, la crisis de hegemonía del imperialismo estadounidense y sus aliados, incapaz de sostener de manera unilateral su dominación global, y por otro, el ascenso de un nuevo polo capitalista encabezado por China y sus aliados, que no rompe con la lógica del injusto sistema burgués, sino que busca reconfigurar las relaciones de poder dentro del mismo orden capitalista e imperialista. En este marco, la disputa no se orienta a superar el capitalismo, sino a redefinir las condiciones de la dominación, la apropiación del excedente y el control de las fuerzas productivas a escala mundial.

La pugna interimperialista no contiene en sí misma ningún potencial emancipador. Por el contrario, tiende a profundizar la explotación de la fuerza de trabajo, la dependencia de las naciones oprimidas, la desigualdad social y la militarización del sistema internacional expresada en políticas genocidas, incrementando el riesgo de guerras regionales y de una conflagración generalizada como la III Guerra Mundial en ciernes. Conviene recordar que la historia demuestra, fehacientemente, que las contradicciones entre potencias imperialistas se resuelven, en última instancia, mediante la violencia organizada, trasladando los costos humanos y materiales a los pueblos del mundo.

En consecuencia, la superación de esta lógica no puede provenir de la sustitución de una hegemonía imperialista por otra, ni de la ilusión de un capitalismo “alternativo” o “más humano”. La salida histórica solo puede construirse a partir de la articulación de proyectos políticos revolucionarios, anticapitalistas y antiimperialistas, protagonizados por las clases sociales explotadas, las naciones oprimidas y los pueblos del mundo, capaces de combatir radicalmente las bases materiales, políticas e ideológicas del capitalismo.

La humanidad no necesita un capitalismo en descomposición ni su fase imperialista, sino una sociedad superior, fundada en la abolición de la explotación del hombre por el hombre, en la emancipación de los pueblos y en una organización social orientada a la armonía, la justicia y la libertad plenas. En este devenir histórico, la lucha de clases y la revolución proletaria continúan siendo el motor fundamental de la transformación social.

Referencias (APA 7 – en español)


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