
Por: Richard Gonzales
A partir de 2025, el gobierno de Donald Trump, cabeza del Estado imperialista más genocida del mundo, conduce, bajo el plan de la “Nueva Doctrina de Seguridad de los Estados Unidos”, un proceso de restauración de la fortaleza de este gendarme.
Ello implica la “restauración de las fronteras soberanas”. Esta soberanía debe entenderse como la libertad y la decisión sin límites de esta superpotencia en su zona de dominio. Obviamente, esto implica que las “soberanías” de los países dentro de su dominio no existen más que dentro de los límites que impone el poder imperial.
Para tal proceso, tanto en el frente interno como externo, su lucha contra el globalismo es parte de la redefinición de su doctrina, tras el inmenso fracaso obtenido. Emprende así la eliminación de la “ideología de género” y la “cultura woke”, incluso dentro de las propias fuerzas armadas del imperialismo y en la sociedad yanqui, declarando y retomando la tradición familiar.
Uno de los asesores más influyentes de Trump, Peter Thiel, plantea que “la libertad y la democracia ya no son compatibles”. ¿De qué libertad se está hablando? De la libertad liberal, de la democracia formal, obviamente. Esta posición es compartida por las grandes tecnológicas de la inteligencia artificial y forma parte de la visión de ese nuevo orden mundial, en un proceso de restauración del dominio imperialista norteamericano.
¿Qué implicancias tiene este planteamiento? Según estas posiciones, el “progreso depende de las élites”, por lo que la “democracia liberal es un obstáculo”. Implica que los monopolios innovadores son los que deben dirigirlo todo. Esta visión sugiere y plantea que el futuro no está en el Estado de derecho ni en la democracia liberal, sino en la “dirección eficiente de los monopolios”, que debe construir un mundo menos democrático, con una dirección vertical, lo que muchos intelectuales denominan feudalismo en tiempos de tecnología o tecno-feudalismo.
En este proceso, caotizan la sociedad para luego reordenarla de acuerdo con la visión de ese futuro que diseñan. En esta IV Revolución Industrial, reconstruyen alianzas, redefinen zonas de dominio o recuperan aquellas que venían perdiendo. Paralelamente, el dominio de los recursos estratégicos es clave; por esa razón, “liberalizan” la producción energética, dando prioridad a la producción petrolera para “recuperar” su independencia como imperio. Esto tiene que ver con cómo la superpotencia en contienda, China, penetró en las mismas fauces del imperialismo yanqui. ¿Y dónde queda la teoría del calentamiento global? La han desechado; todo indica que fue una agenda que fracasó.
Los impuestos arancelarios son otra de las medidas, cuyo fin es el retorno de la industria al país de origen, no solo del imperialismo yanqui, sino también de las demás potencias “socias”, que sufren una gran presión para trasladar sus industrias al territorio de este gendarme. A la vez, se usa la energía -como en el caso del petróleo- como arma de guerra para generar dependencia y así presionar dentro de los objetivos y planes de su reindustrialización.
No debemos dejar de señalar que el exterminio civilizatorio del pueblo palestino es parte de ese plan de seguridad y constituye un mensaje claro para los pueblos del mundo sobre lo que se avecina. No se queda allí, sino que apunta a extenderse por todo Medio Oriente y dominarlo para monopolizar el petróleo. De ahí el sueño de la derrota total de Irán, como parte del cerco a China y de la confrontación directa hacia la que se encaminan.
Su supuesto “fin de la guerra en Gaza” es eso: el exterminio de pueblos sin miramientos. Eso es poner a “EE. UU. primero”, para que “siga siendo la nación más grande, poderosa y exitosa de la historia de la humanidad”, “el hogar de la libertad en la tierra”. Claro, el “hogar” del imperialismo más genocida, sin ley ni límites, con la libertad y el límite de su propia “moralidad”.
A nivel de la maquinaria estatal, su objetivo es reducirla aún más en lo inmediato: disminuir su papel asistencial, regulador y administrativo. Mayor monopolio en contra del “libre comercio”, así como la recuperación de una clase media que actúe como base social de su visión del mundo. La base de todo ello es recuperar la industria que sustenta la preeminencia económica y militar.
¿Sueñan con disolver los Estados soberanos dentro del imperio de estos tiempos? Si existió alguna vez “soberanía”, fue solo para las grandes potencias y superpotencias, mas no para los países sometidos. Sus “soberanías” llegaban solo en tanto y en cuanto no chocaran con los intereses de sus amos.
¿Cuál es el gran objetivo de esta nueva seguridad del gendarme? Como ellos lo dicen abiertamente: “la supervivencia y la seguridad continua de EE. UU. como república independiente y soberana, cuyo gobierno garantice los derechos naturales otorgados por Dios a sus ciudadanos”.
Por tanto, actúan como los designados por “Dios” en la Tierra: ese es su mesianismo. Todo lo que se oponga a su designio debe ser reducido y eliminado sin contemplaciones. Combatirán dentro y fuera toda fuerza hostil a su sistema, sean militares, personas, flujos de población “desestabilizadores”, propaganda destructiva o influencias hostiles.
Los pueblos y naciones están advertidos, así como los líderes o las disidencias, dado que “no pueden poner en peligro ni aceptarán adversario alguno que ponga en riesgo el dominio de los EE. UU.”. Por esa razón, reimpulsan la construcción imperial con capacidad para asumir ese papel, con armamento letal y tecnología más avanzada del mundo.
¿Quiere decir esto que incluso las luchas “democráticas” o sus propios líderes deberán actuar en la clandestinidad? Las actuales circunstancias exigen tomar medidas de alto nivel. Si se piensa o se brega por la transformación social al servicio del pueblo, la fascistización de la sociedad está a la orden del día, así como el control biométrico de la población.
Dentro de las contradicciones interimperialistas, pretenden una disuasión nuclear más sólida: armas mucho más letales y destructivas que las bombas atómicas lanzadas sobre Japón en la Segunda Guerra Mundial. Esas armas existen. ¿Se ha entrado en una carrera armamentística? Todo indica que sí.
Dentro de lo que pretenden, según su propio plan, señalan:
- “…la base industrial más sólida del mundo (China ya les ganó la partida y es evidente su desindustrialización). El poder depende de un sector industrial fuerte… máxima prioridad”.
- “…el sector energético más sólido, productivo e innovador del mundo… una de las principales industrias exportadoras de EE. UU., por derecho propio…”.
- “…el país más avanzado e innovador del mundo en materia científica y tecnológica… dominio económico continuo y superioridad militar…”.
- “…mantener el ‘poder blando’ que sirva a los verdaderos intereses nacionales de los EE. UU.”.
- “…nuestro acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave”, corolario de Trump a la Doctrina Monroe.
- “…detener y revertir el daño causado por actores externos… mantener el Indo-Pacífico libre y abierto… libertad de navegación en todas las rutas marítimas, acceso a materiales críticos…”.
En buen cristiano, se trata de la restauración del dominio imperial en circunstancias de declive, pérdida de hegemonía y crisis sistémica general. Están dispuestos a todo para no perder su poder. Rompen todo paradigma y límite del liberalismo; es una restauración “civilizatoria” en todas las zonas de dominio y en nuevas áreas donde existan materias estratégicas, en función de la inteligencia artificial, la computación cuántica y el dominio global.
Tal como lo declaran abierta y francamente, ya comenzó una ofensiva mucho más frontal contra China y Rusia. Parte central de este plan es el dominio del Indo-Pacífico; por esa razón, la llamada “Operación Resolución Absoluta”, orientada a expulsar del continente americano a China, Rusia e Irán. Si bien tuvo un éxito táctico, el mensaje es claro para los pueblos de América Latina y para los países llamados “soberanos”.
Este planteamiento conduce a luchas de liberación nacional con alta organización, no por vías “democráticas” que ya no sirven, según la propia declaratoria del gendarme, sino mediante combates frontales contra sus lacayos en cada país, con fuerzas organizadas y vivas antiimperialistas.
En esta intervención imperialista, en el caso de Venezuela, la gran perdedora es China, que recibe un mensaje claro: el imperialismo yanqui le exige salir de su zona histórica de dominio. Se trata de una potente restauración del poder y de las prioridades de EE. UU. en el hemisferio occidental. Dicha acción pone en juego la estrategia de la Franja y la Ruta, la gobernanza global, el desarrollo, la seguridad y la civilización, planteamientos y planes de China y su proyección internacional.
Esto implica que no cederán en su zona de dominio y disputarán áreas estratégicas con mayor decisión, por encima de un derecho internacional que ya ha muerto, así como de las instituciones creadas tras la Segunda Guerra Mundial.
Es la reconstrucción de la preeminencia de EE. UU. ¿Hasta dónde? Hasta que las demás superpotencias en disputa logren imponer límites con fuerza real, dado que ya no es tiempo de diplomacia, Estado de derecho ni convencionalismos, sino de la ley de la fuerza, del darwinismo, de las sanciones y las invasiones; de la acumulación militar y la confrontación por zonas de dominio: hoy el Indo-Pacífico y Medio Oriente, y mañana África.
Es la agudización de las contradicciones interimperialistas por el dominio del mundo, pero también la reactivación de la contradicción entre naciones oprimidas e imperialismo, así como la de los pueblos del mundo contra el imperialismo.



