MIGRAR NO ES DELITO: CRIMINALIZACIÓN, PROPAGANDA Y PODER EN LA POLÍTICA MIGRATORIA DE ESTADOS UNIDOS

Por: Carlos Alberto Jiménez Vega

La migración en el centro del conflicto político

La migración se ha convertido en uno de los temas más sensibles y controversiales del debate político actual. La política migratoria de Estados Unidos ha evolucionado hacia un enfoque de mayor control y represión, en que el fenómeno migratorio es presentado no como una consecuencia de profundas desigualdades económicas y sociales a nivel global, sino como una amenaza que debe ser controlada, vigilada y reprimida.

En este contexto, decenas de miles de personas provenientes de América Latina, el Caribe, África o Asia son consideradas como ilegales, invasores o incluso como un problema de seguridad nacional. La migración es, en gran medida, el resultado de un sistema internacional muy desigual, de crisis económicas capitalistas estructurales, así como, de las propias políticas exteriores que han contribuido a desestabilizar países enteros.

La migración como consecuencia de la desigualdad global

La mayor parte de las personas que migran no lo hacen por capricho ni por aventura. Lo hacen porque las condiciones de vida en sus países de origen han sido deterioradas por décadas de desigualdad económica y social, bloqueos y sanciones unilaterales financieras, mayor dependencia estructural y crecientes conflictos políticos.

En muchos casos, las economías de los países en vías de desarrollo han sido debilitadas por sanciones, intervenciones políticas o modelos económicos neoliberales impuestos que limitan su progreso, desarrollo y bienestar. Cuando las oportunidades desaparecen, migrar se convierte en una estrategia de supervivencia. Así, el acto de cruzar fronteras es, para millones de personas, un intento desesperado de acceder a lo que debería ser un derecho básico para vivir con dignidad. Sin embargo, en lugar de reconocer estas causas estructurales, el discurso dominante tiende a convertir al migrante en el problema.

La criminalización del migrante

Uno de los rasgos más preocupantes de la política migratoria actual es la creciente criminalización de quienes migran. En Estados Unidos, organismos como el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (U.S. Immigration and Customs Enforcement) han asumido un papel central en la persecución humillante, detención ilegal y deportación inmisericorde de migrantes.

Distintas organizaciones de derechos humanos han denunciado prácticas de detención prolongada, separación familiar y condiciones de reclusión que han sido ampliamente cuestionadas. La lógica que sustenta estas políticas se basa en un principio peligroso que consiste en transformar una necesidad humana (migrar para sobrevivir) en una falta moral o incluso en un delito.

De esta manera, el migrante deja de ser visto como una persona y pasa a convertirse en una categoría sospechosa a la cual hay que violar sus derechos.

Política interna y construcción de enemigos

La historia política demuestra que en momentos de crisis internas muchos gobiernos recurren a la estrategia conocida de construcción de enemigos externos o internos para canalizar frustraciones sociales.

Cuando las sociedades enfrentan desigualdad, precariedad laboral o tensiones económicas, culpar a los migrantes puede resultar políticamente rentable. Este discurso permite desviar la atención de los problemas estructurales y movilizar emociones colectivas como el miedo o el resentimiento.

En ese sentido, la migración se convierte en un campo de batalla en que se disputan narrativas políticas. No se trata únicamente de fronteras, sino de la manera en que una sociedad decide definir quién pertenece a ella y quién no.

Los ecos de la historia

Algunos analistas acerca del problema migratorio han señalado semejanzas discursivas entre ciertos discursos y argumentaciones históricas de exclusión. Es importante recordar que la historia demuestra que los procesos de estigmatización comienzan casi siempre con narrativas que deshumanizan a determinados grupos sociales.

A lo largo del siglo XX, distintos regímenes utilizaron propaganda para señalar a minorías como responsables de los problemas nacionales. Ese tipo de discursos puede justificar políticas cada vez más duras de control, persecución, detención, encarcelamiento y expulsión.

Asimismo, algunos críticos han comparado los centros de detención migratoria con crueles espacios de encierro masivo afectando derechos fundamentales.

La historia rara vez se repite de manera idéntica, pero sí repite ciertos patrones discursivos como el miedo, la deshumanización y la construcción del “otro” como amenaza.

El debate sobre la exageración

Frente a estas críticas, algunos sectores argumentan que tales comparaciones son exageradas o que constituyen pura retórica política. Sostienen que las políticas migratorias responden únicamente a la necesidad de controlar fronteras y garantizar la seguridad nacional.

Sin embargo, el verdadero debate no gira en torno al derecho de los Estados a administrar sus fronteras sino a los métodos represivos utilizados para hacerlo. Cuando las políticas migratorias derivan en violaciones de derechos humanos, detenciones arbitrarias o discursos que estigmatizan a poblaciones enteras, el problema deja de ser administrativo y se convierte en ético y político.

Una pregunta moral para nuestro tiempo

La historia juzga con dureza a quienes, en nombre del orden o de la seguridad, promovieron políticas de exclusión y persecución. Las decisiones tomadas hoy en materia migratoria no sólo definirán el destino de millones de personas, sino también el tipo de sociedad que estamos construyendo.

En última instancia, la migración no es un crimen, puesto que es una respuesta humana a un mundo profundamente desigual en que prevalece la falta de oportunidades y una vida con plenos derechos porque nadie abandona su hogar por gusto, nadie arriesga su vida en desiertos, mares o fronteras militarizadas por simple capricho, lo hace porque busca algo esencial: pan, dignidad, justicia y esperanza.

Y quizás la verdadera pregunta que debemos hacernos no sea cómo detener a quienes migran, sino qué tipo de mundo estamos creando cuando convertimos el derecho a vivir mejor en motivo de persecución, tratos vejatorios y expulsión. Nadie debería vivir en un mundo donde una madre, un padre, una hermana o un hermano sean tratados como criminales por intentar sobrevivir.

Migrar no es un delito. Es, muchas veces, el último recurso de la dignidad humana.

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