Por Julio Gerardo Padilla Sánchez

En la historia de México, pocos nombres resuenan con la fuerza moral y la coherencia de Vicente Ramón Guerrero Saldaña. A más de dos siglos de sus hazañas, la figura de este líder afroindígena no solo se recuerda por haber consumado la Independencia, sino por encarnar la resistencia frente a la tiranía. Su vida y su legado nos recuerdan que, ante la adversidad y el injerencismo extranjero, la dignidad nacional no se negocia.
De la montaña a la historia
Nacido en Tixtla, en el corazón de lo que hoy es el estado de Guerrero, Vicente provenía de una familia humilde y trabajadora. Hijo de Juan Pedro Guerrero, afrodescendiente, y María Guadalupe Saldaña, indígena, Vicente llevó en su sangre la herencia de los pueblos oprimidos de la Nueva España.
Su formación no se dio en las academias militares, sino en el fragor de las batallas y resistencias. Se unió a la insurgencia a finales de 1810, demostrando una valentía y una inteligencia táctica que pronto le valieron el rango de capitán otorgado por José María Morelos. Tras la muerte de Morelos en 1815, cuando muchos creían que la causa estaba perdida, Guerrero se convirtió en el alma de la resistencia (1816-1821).
Experto en la guerra de guerrillas, transformó las montañas del sur en una fortaleza inexpugnable. Conociendo el terreno como nadie y utilizando tácticas de desgaste, organizó a tropas que peleaban con lanzas, machetes y fusiles, volviéndose un estratega temido por los realistas. Fue su perseverancia militar la que obligó a Agustín de Iturbide a pactar, logrando la consumación de la independencia con el Plan de Iguala y la formación del Ejército Trigarante.
El humanista que rompió las cadenas
Más allá del fusil, Vicente Guerrero empuñó la pluma por la justicia social. Al asumir como el segundo presidente de la nación mexicana en 1829, su mandato, aunque breve (abril a diciembre), dejó una huella imborrable en los derechos del pueblo y en los derechos humanos.
El 15 de septiembre de 1829, Guerrero firmó el decreto que abolió oficialmente la esclavitud en México. Aunque Hidalgo y Morelos lo habían proclamado antes, fue Guerrero quien materializó la libertad efectiva, rompiendo las cadenas de miles de esclavos y enfrentándose a los intereses económicos de las clases sociales dominantes y las potencias extranjeras. Este acto colocó a México a la vanguardia humanista, mucho antes que otras naciones del continente.
«La Patria es Primero»: Un grito vigente
Posiblemente el momento que mejor define su estatura moral ocurrió antes de la victoria final. En 1820, el virrey Apodaca, incapaz de derrotarlo por las armas, intentó comprarlo. Envió al propio padre de Vicente, Juan Pedro Guerrero, para ofrecerle el indulto, dinero y puestos militares si deponía las armas.
La historia cuenta que su padre se arrodilló y le rogó que aceptara por el bien de la familia. Vicente, conmovido pero firme, reunió a sus soldados, señaló a su padre y pronunció la frase que hoy está inscrita en letras de oro en el Congreso: «Compañeros, este viejo es mi padre. Ha venido a ofrecerme el indulto en nombre de los españoles. Siempre he respetado a mi padre, pero… ¡La Patria es Primero!».
El legado de Guerrero ante la arremetida del Imperialismo estadounidense actual
Hoy, esa sentencia -«La Patria es Primero»- cobra una vigencia urgente en América Latina y el mundo. En la actual coyuntura, donde el cruel imperialismo estadounidense busca avasallar la soberanía de los pueblos aplicando abusivamente embargos, bloqueos, sanciones, guerras y masacres, el ejemplo de Guerrero es un faro de dignidad y lucha antiimperialista.
Así como Guerrero resistió en las montañas sin rendirse ante el imperio español, hoy los pueblos de Cuba, Venezuela e Irán resisten las políticas genocidas y los intentos de asfixia económica. Su frase resuena en la heroica resistencia del pueblo de Palestina, y en la lucha por la autodeterminación en Irán, Líbano y Yemen. Vicente Guerrero nos enseñó que la soberanía no se vende y que, frente a las amenazas de las potencias imperialistas, la lealtad a la patria y a los principios de liberación nacional es el único camino posible.
El precio de la consecuencia
La coherencia de sus ideales no lo libró de enfrentarse a traiciones y conflictos internos, pues, derrocado por fuerzas conservadoras, fue capturado y ejecutado en 1831, poniendo fin a una vida entregada por completo a la causa de la libertad y justicia de su pueblo.
Su memoria persiste no solo en los libros de historia, sino también en las plazas, monumentos y en la conciencia colectiva de quienes ven en su figura un ejemplo de entrega total a los principios de justicia, igualdad y libertad.



