REPERCUSIONES, COSTOS Y RIESGOS DE LA GUERRA EN MEDIO ORIENTE

Por: Richard Gonzales

El espejismo del crecimiento y la crisis estructural capitalista 

Para el presente año, las estimaciones macroeconómicas internacionales proyectaban un escenario de desaceleración moderada. Según la OCDE y diversas entidades financieras, las expectativas de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) global se configuraban de la siguiente manera:

  • Estados Unidos: 2.0% – 2.1%
  • Unión Europea: 1.3% – 1.5% (con la Eurozona estancada entre 1.2% y 1.4%)
  • China: 4.0%
  • India: 6.0%

Dentro de Europa, las asimetrías son evidentes: mientras España proyectaba un crecimiento del 2.2% al 2.7% y Polonia un 3.4%, las potencias industriales mostraban un claro agotamiento. Francia se ubicaba entre 1.1% y 1.3%, Italia en un 0.7%, y Alemania —el motor histórico de la región— registraba la tasa más baja con apenas un 0.6%. Esta parálisis europea responde a factores estructurales: envejecimiento demográfico, debilidad industrial, altos costos energéticos, fragmentación política y fiscal, y un rezago tecnológico frente a Washington y Pekín.

Para América Latina, las proyecciones oscilaban entre el magro 1.9% proyectado por Goldman Sachs y el 2.5% – 2.7% del FMI, pasando por el 2.3% de la CEPAL. En el caso de Rusia, a pesar del régimen de sanciones y la guerra en curso, el Banco Central ruso y el FMI estimaban un crecimiento de entre 0.5% y 1.5%.

Sin embargo, todas estas cifras representan un crecimiento raquítico que el sistema capitalista arrastra desde la crisis financiera de 2008. La economía global no despega ni lo hará a corto plazo. La desglobalización avanza, evidenciando que el modelo neoliberal se encuentra en su punto de colapso. Las altas tasas de interés, el encarecimiento del crédito, la escasez de mano de obra y la dependencia de los hidrocarburos profundizan la crisis. En América Latina, este panorama se agrava por la baja productividad, la precarización laboral, la dependencia primario-exportadora, el déficit tecnológico y un endeudamiento público asfixiante.

El Estrecho de Ormuz y el shock geoeconómico 

A este frágil escenario debemos sumar una detonación económica de consecuencias incalculables: el potencial cierre del Estrecho de Ormuz. Esta arteria es el punto neurálgico energético del planeta, por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial.

La guerra imperialista impulsada contra el pueblo y la nación persa está gestando un shock geoeconómico sin precedentes recientes, solo comparable a la crisis petrolera de 1973. La pretensión de imponer la voluntad hegemónica estadounidense ya deja secuelas: la escalada bélica disparó el barril de crudo por encima de los 100 dólares, y de continuar el asedio, el precio podría alcanzar los 200 o 250 dólares.

El desplome de los mercados ya ha forzado la intervención del G7. Según el Financial Times, se han convocado reuniones de emergencia para liberar cientos de millones de barriles de las reservas estratégicas con el fin de contener los precios. Paralelamente, se reactiva la emisión monetaria sin respaldo («la maquinita»), inyectando dinero fiduciario para sostener el consumo.

Las consecuencias industriales son inmediatas. Alemania se enfrenta a la desindustrialización, cierres de fábricas y despidos masivos debido al costo energético. En Corea del Sur, el banco central ya ha tenido que intervenir, y se anticipan reacciones en cadena en Japón, China e India, los principales dependientes del crudo de Medio Oriente. En Estados Unidos, el FMI advierte sobre un posible colapso del mercado del 35%, aconsejando «considerar lo impensable y prepararse para ello». Un desplome simultáneo de acciones y el encarecimiento del crudo arrastrarán inevitablemente el PIB global.

La vulnerabilidad del desierto y el reacomodo geopolítico 

En el propio Medio Oriente, las disrupciones logísticas son críticas. Arabia Saudita anuncia recortes de producción ante la imposibilidad de movilizar sus buques, y Qatar enfrenta el caos en la exportación de gas. El impacto se refleja hasta en el sector inmobiliario de Dubái, que experimenta un desplome espectacular.

A esta bomba económica se suma una crisis humanitaria latente: el inminente desabastecimiento alimentario e hídrico. Casi el 80% de los alimentos en esta zona son importados, y el agua potable depende de sofisticadas plantas desalinizadoras. Si la maquinaria bélica y genocida del imperialismo decide bombardear esta infraestructura vital, la vida misma en la región desaparecería, evidenciando que muchos de estos enclaves son construcciones sostenidas artificialmente.

A nivel global, la Eurozona ya sufre el encarecimiento del gas, el transporte y los alimentos; la inflación se disparará a nivel mundial. Si bien Estados Unidos cuenta con cierta autosuficiencia energética —razón por la cual redobló su ofensiva para someter a Venezuela, cuyos recursos hoy se enfilan bajo los intereses de este gendarme global por encima de la retórica gubernamental local—, el Medio Oriente sigue siendo el eje de la energía mundial.

Conclusión 

Estamos ante un escenario inflacionario devastador: el transporte, la electricidad, los fertilizantes, los alimentos y la industria farmacéutica verán sus costos multiplicados. En el fondo, Estados Unidos impulsa y sostiene esta guerra con un objetivo claro: salvar su economía, proteger la hegemonía del dólar y mantener su modelo de dominación unipolar.

Estados Unidos está dispuesto a escalar el conflicto hacia una confrontación mundial directa entre bloques si sus intereses lo requieren. Frente a esta maquinaria de guerra y crisis sistémica, el imperativo histórico de los pueblos es prepararse para transformar estas guerras imperialistas en verdaderas guerras de liberación.

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