Combatividad, resistencia y soberanía: La lección de Puebla frente al entreguismo y el proimperialismo del siglo XXI

Por: Héctor Torres Vázquez, Carlos Jiménez Guadarrama, Julio Gerardo Padilla Sánchez, Carlos Jiménez Verga, Oswaldo Flores García y Alex Chamán Portugal.

Red de Prensa Popular Latinoamericana

Resumen

A mediados del siglo XIX, la voraz expansión capitalista impulsó a las potencias europeas a incrustar sus garras sobre América Latina. En 1861, un México desangrado por la Guerra de Reforma se vio forzado a suspender el pago de su deuda externa, medida de supervivencia que Francia, Inglaterra y España utilizaron injustamente como pretexto para enviar sus flotas bélicas. Mientras el imperio francés de Napoleón III orquestaba la destrucción de la República para saquear sus riquezas e instaurar una monarquía títere, la oligarquía conservadora mexicana actuó como cómplice, traicionando a su patria para recuperar privilegios perdidos. Hoy, esa misma reprochable dinámica de asedio y traición recobra una vigencia alarmante. Las lecciones de la heroica resistencia popular del 5 de mayo de 1862 se erigen como el principal referente ideológico y político frente a la actual ofensiva del imperialismo estadounidense, que, apoyado por un nuevo grupúsculo de políticos entreguistas, despliega políticas de avasallamiento económico, amenazas de intervención militar y agresiones tan absurdas como el intento de borrar el nombre histórico del Golfo de México.

Desarrollo

La agenda del Segundo Imperio Francés en 1862 no se limitaba al cobro de una deuda, puesto que su meta era el control geopolítico mundial. No obstante, este asalto a la soberanía no habría pisado tierra firme sin la existencia de un enemigo interno. La cúpula clerical y los grandes terratenientes, derrotados en las armas y en la ley durante la Reforma, cruzaron el Atlántico para ofrecer la nación a un monarca extranjero. Ayer como hoy, la quinta columna fue el motor de la invasión.

El 5 de mayo en los cerros de Loreto y Guadalupe, el ejército invasor, comandado por un conde de Lorencez embriagado de racismo colonial, se topó con la fuerza ancestral de un país que se negó a morir. La proeza no fue exclusiva de la milicia regular comandada por el general Ignacio Zaragoza, sino de la feroz combatividad del pueblo llano conformado por campesinos, artesanos y las comunidades indígenas nahuas y totonacas de la sierra norte (los históricos batallones de Zacapoaxtla, Tetela y Xochiapulco) formaron una trinchera inexpugnable. Con machetes y viejos rifles, los oprimidos destrozaron a la infantería europea. La magnitud de la derrota imperialista quedó grabada en la sentencia de Zaragoza: «Las armas nacionales se han cubierto de gloria… Puede ser que ellos sean el primer ejército del mundo, pero nosotros somos los primeros hijos de México».

La historia, lejos de ser un mausoleo de fechas muertas, es un ciclo palpitante. A más de un siglo y medio de distancia, el rostro del invasor ha cambiado, pero la esencia de su feroz asedio permanece intacta. Hoy, el guerrerista y genocida imperialismo estadounidense despliega una brutal ofensiva para someter a los pueblos del mundo —entre ellos a México— a sus dictados hegemónicos. Ya no desembarcan tropas de ocupación en Veracruz; en su lugar, asedian con arbitrarios bloqueos financieros, sanciones comerciales, amenazas arancelarias, extorsiones diplomáticas, masacres y genocidios, amagos de intervención militar directa bajo la falsa excusa de la seguridad hemisférica, etc.

La soberbia imperialista llega a extremos de violencia simbólica y despojo cultural que en los pasillos del poder en su capital Washington, florecen políticas neocoloniales que incluso pretenden alterar la geografía política mundial y regional, sugiriendo cambiar el nombre del Golfo de México. Esta iniciativa no es una simple ocurrencia retórica; es el reflejo de una doctrina de apropiación absoluta enmarcada en “América para los americanos”. Quien se siente con el derecho de borrar el nombre de un mar, siente también el derecho de saquear sus yacimientos petroleros y otros recursos naturales, de dictar la política energética de una nación y de pisotear su integridad territorial.

Y al igual que en 1862, esta nueva ofensiva del imperialismo encuentra sus mejores aliados dentro de nuestras fronteras. Los herederos del partido conservador que ayer imploraron por Maximiliano, son los mismos políticos y oligarcas que hoy viajan a Washington para cabildear contra los intereses nacionales. Son los tecnócratas y traidores a la patria que claman por la privatización de recursos estratégicos como el litio y el petróleo, y que aplauden las medidas punitivas de la Casa Blanca con tal de recuperar el control del presupuesto y someter a las masas trabajadora a los siniestros designios del capital transnacional.

Conclusión

La Batalla de Puebla es el espejo donde la resistencia actual debe apreciarse reflexivamente. Aquel 5 de mayo el pueblo de Puebla, como parte del pueblo mexicano, demostró que la invulnerabilidad de los grandes imperios es un mito que se desmorona cuando colisiona contra la voluntad de hierro de las clases sociales explotadas y oprimidas. La lección para nuestro presente es categórica, ya que frente a un imperialismo estadounidense que busca borrar desde nuestro nombre en los océanos hasta nuestro derecho al desarrollo soberano, la única respuesta posible es la movilización y unidad popular. Las amenazas de Washington y las traiciones de la oligarquía local no podrán avasallar a un país mientras exista un pueblo consciente de su fuerza. Ayer fueron los machetes indígenas frenando el avance europeo; hoy es la conciencia política, soberana y antiimperialista de las masas populares constituida por obreros, campesinos, indígenas, artesanos, artistas, estudiantes, intelectuales, etc., que marcaran el alto definitivo a quienes pretenden subastar o entregar la tierra que, con tanta sangre, se ha defendido.

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