Richard Gonzales
La confrontación sistémica viene desde 1848, con la aparición de una nueva clase: el proletariado. Aunque aún inmaduro, abrió el camino hacia un nuevo sistema opuesto y diferente al imperante. Posteriormente, en 1864, se fundamenta la ideología del proletariado con Marx y Engels, lo que lleva a su organización y a la confrontación en todos los planos contra la burguesía, concretándose en avances, triunfos y victorias, pero también en fracasos.
Luego de 1917, con Lenin y el triunfo de la Revolución de Octubre, se abre la nueva era de la revolución proletaria mundial. Se atiza más la contradicción entre el proletariado y la burguesía en un combate a muerte en todos los planos, seguido por el triunfo de la Revolución China con el presidente Mao, el impulso del movimiento comunista internacional y los movimientos de liberación nacional. En contraparte, EE. UU. emergía de la Primera Guerra Mundial como una nueva potencia global, y tras la Segunda Guerra Mundial, como una superpotencia que se confrontaba sistémicamente con el bloque socialista.
Era entonces una lucha a muerte entre dos sistemas que disputaban su existencia: uno, el sistema caduco que se resistía a morir; el otro, bregando por consolidarse. Dada la restauración capitalista en estos dos grandes países socialistas, la derrota de la revolución proletaria mundial y el hundimiento de lo nuevo —dejando sin dirección proletaria tanto al movimiento comunista internacional como a los de liberación nacional—, comienza un intenso proceso de ofensiva del sistema imperialista. Esta ofensiva, bajo la hegemonía de EE. UU., se acentúa a partir de la caída del Muro de Berlín y de otros hechos históricos que la preceden.
Para entonces, el sistema ya se preparaba y sentaba las bases de su ofensiva posterior, comenzando por poner fin a los Acuerdos de Bretton Woods (1944). Dichos acuerdos habían establecido el orden financiero mundial de la posguerra, un financierismo parasitario que fijó tipos de cambio basados en el dólar estadounidense, anclado a su vez al oro. Así se crearon el FMI y el Banco Mundial (BIRF) para estabilizar la economía en crisis y fomentar la reconstrucción. Este modelo funcionó hasta 1971, cuando se abandonó la convertibilidad dólar-oro. Bretton Woods, que había surgido para poner fin al proteccionismo vigente entre 1914 y 1944, no fue un hecho casual, sino parte de la lucha entre sistemas opuestos.
Luego de la Segunda Guerra Mundial, EE. UU. emerge como la superpotencia mundial industrial, tecnológica y militar, contando con una fuerte acumulación de capital capaz de extenderse y solventar sus gastos imperiales.
Con la Doctrina Carter (1980), se le da muerte definitiva a Bretton Woods y se lanza una declaración estratégica de dominio mundial, particularmente financiera, al imponer el dólar como divisa hegemónica a pesar de la alta tensión global que aún pervivía. La esencia de esta doctrina era clara: «cualquier intento de una potencia extranjera de controlar el Golfo Pérsico sería considerado un ataque a los intereses vitales de EE. UU., y sería respondido, incluso, militarmente».
De hecho, no se trataba de una simple declaración sin contenido estratégico, sino que era parte de la disputa con el bloque socialista y con las luchas de liberación nacional que avanzaban. Esto fue particularmente evidente con la Revolución Iraní, que derrocó a un aliado de EE. UU. (el sah), y con la invasión soviética de Afganistán, que marcaba el inicio de su expansión como socialimperialismo.
La disputa por Medio Oriente —el corazón energético del mundo— motivó la creación de la Rapid Deployment Force, que luego se convertiría en el Central Command (CENTCOM). Este proceso militarizó todo Medio Oriente, apoyándose en Arabia Saudita como base y sostén de la hegemonía mundial del dólar y el financierismo. Israel era, y sigue siendo, el portaaviones y la punta de lanza de ese dominio estratégico hasta hoy, proyectándose como el «Gran Israel», mientras EE. UU. actuaba como garante del petrodólar. Esta es la razón de las alianzas en la región, de la creación artificial de Estados para cercar y dominar la zona, y del establecimiento de bases militares para acechar a Irán. Asimismo, era el seguro para garantizar que la energía fluyera hacia Europa y Japón, sus aliados bajo protección en la contienda global.
¿Qué significaba todo este paso estratégico? Energía equivalía a poder económico global, lo que consolidaría a EE. UU. como la superpotencia dominante en Medio Oriente y contendría la influencia de Rusia. Por esta razón, el Golfo Pérsico entró en disputa, convirtiéndose en un interés vital y de seguridad nacional permanente para Washington.
Esa es la raíz de la Guerra del Golfo (1991) y de las invasiones a Irak (2003) y Afganistán. La Doctrina Carter se erigió como el pilar geopolítico, energético y financiero del dominio mundial, el cual hasta hoy es disputado por China y Rusia, potencias que, una vez restaurado el capitalismo, contienden como países imperialistas.
En realidad, el petrodólar nace en 1970 tras el fin de Bretton Woods. A partir de entonces, el petróleo (el principal commodity del mundo) se vendería en divisa norteamericana, lo que permitiría el control y la financiación de los gastos de un imperialismo parasitario. El planteamiento es sintético: sin control geopolítico del petróleo, no hay petrodólar; simple y sencillo. Esa es la dimensión geoestratégica clave para la hegemonía del dólar que hoy está en juego.
Por lo tanto, el desafío proviene de actores como Irán, que posee autonomía estratégica, que emerge como potencia económica y militar, y que juega dentro de la tesis de la multipolaridad. Salir de la hegemonía del dólar y consolidarse es parte de este proceso de construcción multipolar junto a sus aliados. Esta es la razón por la cual China ya compra petróleo en yuanes; por la que se ha creado un mercado energético paralelo con Rusia, Brasil y otros; y por la que se fortalecen los BRICS+. Todo apunta a romper la hegemonía del dólar y debilitar a EE. UU. En este escenario, China actúa como la fortaleza, contando con cinco de los bancos más grandes del mundo, por encima de los estadounidenses, aunque esto, ¡ojo!, aún no significa poseer la misma profundidad de poder financiero que EE. UU.
Esta realidad explica la nueva Estrategia de Defensa Nacional de 2018, cuyo diseño es claro: entramos en una «era de competencia estratégica entre grandes potencias». La prioridad es China, considerada el desafiante sistémico global a largo plazo; Rusia es vista como la amenaza aguda e inmediata con poder militar de primera clase; y se busca contener a actores como Irán, Corea del Norte, India y Brasil, que emergen como potencias regionales y actúan cada vez más en bloque contra la hegemonía estadounidense.
De ahí nace la doctrina militar estratégica de Operaciones Multidominio (MDO). No es una simple dispersión de fuerzas, sino una operación simultánea en cinco dominios: tierra, mar, aire, espacio y ciberespacio, a los que se suma el dominio cognitivo/informacional. ¿Cuál es la razón de fondo? Desorganizar al adversario en todos los planos y hacer colapsar su ciclo de toma de decisiones.
Esta misma estrategia se ejecuta en todos los frentes. Un ejemplo es Ucrania, una guerra indirecta o por delegación (proxy war), donde se emplea inteligencia satelital, integración de drones, guerra electrónica, misiles de precisión y sanciones económicas como una extensión del campo de batalla.
Mientras tanto, en el frente del Indo-Pacífico (es decir, contra China), EE. UU. fortalece alianzas como la OTAN, rearticulándola para proyectar su dominio estratégico con los riesgos que ello implica. Además, impulsa el AUKUS, el QUAD y el reposicionamiento naval en el mar de la China Meridional. Esto explica la tensión en Taiwán, la disputa por el estrecho de Malaca y el papel de Japón, Corea del Sur y otros países donde mantiene bases militares.
En el concepto militar estadounidense, esto se denomina integrated deterrence (disuasión integrada). Debe entenderse que no se trata solo de la fuerza militar bruta, sino de la integración general de múltiples componentes en esta confrontación universal de poderes. Ambas partes operan con disuasión y confrontación en todos los planos, en un momento donde un orden mundial entra en declive y se descompone, mientras otro busca nacer e imponerse bajo una nueva hegemonía.
Hay que remontarse a la época en que Inglaterra, potencia capitalista mundial, decayó y fue sucedida por EE. UU. como nuevo gendarme del mundo. Esto implica que, cuando una superpotencia en declive se resiste a ser desplazada, se coloca a la defensiva bajo un cerco estratégico y aplica políticas de contención agresiva.
Desde este enfoque, podemos entender también por qué el marco jurídico internacional está en crisis, y la razón por la cual se rompen las normas, los tratados y el Estado de derecho conocido hasta hoy. Todo queda ponderado por el securitismo, poniendo en cuestión la supervivencia del Estado como el bien jurídico supremo. Evidentemente, esto responde a una amenaza existencial, no solo por la confrontación por la sucesión de hegemonía, sino por preocupaciones más profundas sobre la supervivencia del propio sistema imperante.
Esa es la razón de los estados de excepción, las facultades extraordinarias y los poderes de emergencia. El sistema enfrenta dos frentes: uno interno, representado por la disputa mundial de nuevos órdenes y hegemonías; y otro externo, el del sistema contra los pueblos del mundo. En este último, prevalece la seguridad nacional por encima de las garantías individuales para conjurar cualquier iniciativa popular o de clase que desemboque en revoluciones como las del siglo XX en Rusia y China (concreciones de Estados de dictadura del proletariado).
El sistema actúa hoy bajo la premisa de que «si no actúas antes, el daño será irreversible» contra sus intereses. ¿Cuál es la consecuencia? La normalización de medidas extraordinarias, la militarización del derecho y la expansión del «derecho penal del enemigo». Dentro de este marco, el postulado es que al enemigo no se le trata como a un ciudadano con derechos plenos, sino como a una amenaza a neutralizar, combatir o eliminar. Las implicaciones de esta ofensiva defensiva son claras: detenciones preventivas ampliadas, reducción de garantías procesales y vigilancia intensiva.
Las organizaciones y los líderes de clase o populares no pueden actuar con incomprensión e ingenuidad, ni bajo formas de lucha obsoletas. El derecho dejó de ser garantista para convertirse en el instrumento de un estado de guerra permanente. La razón es que, cuando un sistema entra en fase de crisis general o de competencia intensa, el Estado refuerza su aparato coercitivo para:
- Proteger la acumulación de capital.
- Controlar la conflictividad social.
- Mantener su posición de dominio.
Respecto a la guerra en Medio Oriente, el desenlace que ya se avizora tiene mucha trascendencia. Por lo pronto, a pesar de los desastres, la muerte y la destrucción que deja a su paso este gendarme del mundo —bañándose en sangre a más no poder—, la resistencia del pueblo persa ya le ha propinado una derrota estratégica al imperialismo más sanguinario de la historia humana. Los hechos lo respaldan: no lograron su «cambio de régimen», ni mucho menos desarticular los focos de resistencia que se expanden. Lo más profundo a nivel estratégico es la demostración de su incapacidad para brindar seguridad militar y la protección que tanto pregonaba, lo cual va a marcar un quiebre inevitable en la confianza de sus «aliados». De hecho, esto proporciona una base más sólida para el avance de la influencia de China y Rusia, que cobrarán mayor peso a través de los BRICS+ y de otros bloques fuera de la órbita de los EE. UU.
Como sistema mundial, el imperialismo prosigue su hundimiento. La deuda global supera el 235 % del PIB mundial y ronda entre los 251 y 348 billones de dólares, según el propio FMI y el IIF. Este aumento reciente ha sido impulsado principalmente por la deuda pública y corporativa.
Marx ya hablaba del capital ficticio y la crisis del capitalismo, prediciendo que este sistema, hoy en su fase imperialista, tendería a expandir el crédito y la especulación, creando riqueza «en papel» desvinculada de la producción real. Esto es lo que hoy se llama «derivados financieros», a lo que se suma la deuda soberana infinita y la valoración tecnológica basada en la especulación sin base material.
La deuda global es, según Marx, «capital ficticio anticipado de una plusvalía futura que quizá no se produzca». Como dice Georgescu-Roegen: es la «deuda como ilusión frente a límites físicos». Una deuda que promete crecimiento futuro en un mundo donde el crecimiento está limitado por recursos y una energía finita. También hay que observar que la llamada «transición energética» no es otra cosa que una lucha por controlar los medios de producción del siglo XXI.
Veamos también las derivadas económicas en cifras reales de esta guerra en Medio Oriente:
- Energía/Petróleo: Incrementos de más del 60 % al 70 % en los costos. Gas y químicos con alzas del 30 % al 50 %.
- Finanzas: Bolsas globales con caídas significativas de -7% a -13% de caída, mientras las tasas van al alza.
- Europa: Riesgo de recesión y crisis energética estructural.
- Asia: Japón y Corea del Sur sufriendo un golpe industrial severo.
- Petrodólar: Si bien a corto plazo se fortalece por la demanda, a largo plazo se erosiona por la fragmentación energética.
Hay un punto de inflexión donde el sistema energético global (base del dólar) está siendo militarizado. Este hecho histórico lleva a que el comercio se fragmente, por lo que el modelo global entra en una fase de bloques. Aparte de usar el petróleo como arma de guerra —razón del rediseño de rutas y de un sistema financiero fragmentado—, esto no significa que el dólar vaya a colapsar de un día para otro, sino que entra a ser erosionado por otras divisas, lo que confirma su declive. ¿Recesión a la vista? Es otro factor latente debido al bajo crecimiento y a la tensión económica en un mundo de bloques en conflicto.
La crisis sistémica muestra brechas y grietas por todos lados. Sin embargo, no caerá sola. Requiere de un sujeto histórico que la sustituya, que le ponga el clavo en el ataúd para siempre y la entierre, para que marche al basurero de la historia como parte de un proceso de humanización verdadera. Se requiere que emerja otro sistema producto de la lucha de los pueblos, de la inversión de sus esfuerzos y de su sangre. Y eso es hablar de un sistema basado en el desinterés, la colectividad, la comunidad y la humanidad, donde reine verdaderamente la paz y la armonía entre todos, sin clases, sin armas, sin guerras y sin Estado.
19/04/2026




