Richard González
Tal como transcurre el proceso electoral, la llamada «voluntad popular» debería imponerse una vez que se emite el voto, con la contabilidad correspondiente y sin trampas, lo cual debería reflejarse en el conteo oficial de la ONPE. Pero esa «voluntad popular» es hecha añicos, es burlada de frente, sin tapujos ni disimulos. Esto se expresa, por ejemplo, cuando quienes mandan en el Perú —los bancos, los industriales y las corporaciones nacionales e internacionales— se orinaron en esa «voluntad popular» respecto al referéndum sobre la bicameralidad, en el cual ganó un rotundo rechazo a dicha propuesta. Es una muestra nítida y clara de que no les importa esa «voluntad popular», ni en el caso del referéndum ni en el de las urnas, como ocurrió con el profesor Pedro Castillo.
Es más, el referéndum es un hecho político consumado que debería ser la expresión más máxima y democrática de esa «voluntad popular», por encima de todo poder formal. Sin embargo, a través del Poder Legislativo, se limpiaron el moco —para no decir otra cosa— con esa «voluntad popular».
Esto quiere decir que, a partir de ese hecho político, ya venían preparando el escenario para lo que hoy sucede en estas elecciones: buscaban que la ultraderecha pateara el tablero. Dado el escenario que calculaban, preveían un rotundo rechazo hacia esa propia ultraderecha, un repudio expresado desde antes en los altos porcentajes de desaprobación a los tres poderes del Estado, y mucho más aún hacia el Ejecutivo y el Legislativo.
Evidentemente, parte de esa planificación era la dispersión del voto, para luego llegar, al final, a una competencia de ultraderecha contra ultraderecha.
La razón fundamental era, y sigue siendo, mantener el poder en manos de las corporaciones nacionales e internacionales, y que el botín del Estado continúe bajo el control de esos agentes para proseguir con el saqueo de todo un país.
Ante la posibilidad de una nueva Constitución, están dispuestos hasta a dar un golpe de Estado. Como ya se sabe desde hace tiempo, declararon a las FF. AA. como garantes de la «democracia»; unas FF. AA. dirigidas y digitadas por la embajada norteamericana.
Hoy, en medio de estas elecciones, persisten en que la segunda vuelta sea de ultraderecha contra ultraderecha. Para ello, usan todas las triquiñuelas, trabas, y hasta la posibilidad de invalidar esta elección, con el fin de revertir el escenario posible (hasta ahora) entre la ultraderecha y JP, donde muy probablemente esta rancia y desalmada ultraderecha perdería el control del Poder Ejecutivo.
Todo esto, además de persistir en premiar a la «chica» con la presidencia, en pago por su constante y consecuente servilismo al imperialismo y a las corporaciones regionales y nacionales. Y muy aparte de permitirle seguir acumulando millones en sus arcas personales, porque todas sus decisiones y determinaciones desde el Parlamento, y desde otros poderes donde influye, representan un contante y sonante flujo de millones hacia su cartera. Es así como funciona esa llamada «democracia».
Por lo tanto, la «voluntad popular» sirve en la medida en que no altere ni ponga en juego los grandes intereses de estas corporaciones; en caso contrario, estas la desconocen sin miramientos. Si hay resistencia, entonces mandan a matar al pueblo por medio de sus FF. AA., lo enjuician y lo criminalizan hasta apagar esa resistencia democrática mediante una legislación punitiva y fascista, como lo es el derecho penal del enemigo.
Esa es la farsa que hoy está en marcha a la vista de todos; que no la quieran ver es otra cosa. ¿Son conscientes las izquierdas? Parece que no les interesa más que seguir el juego, movidas por aspiraciones personales, arribismos y afanes. Porque, de lo contrario, otra sería la actitud y otra la determinación política; como, por ejemplo, activar la Asamblea Constituyente de forma unilateral por parte del frente popular, con sus propios liderazgos y en un frente común de las clases del pueblo. En lugar del fraccionalismo y la atomización organizacional, los debates deberían estar diseminados en cabildos, comités y asambleas a nivel nacional, erigiéndose como un contrapoder dentro del poder burgués.
Una decisión política de esta magnitud obligaría, en el campo de batalla política, a que se ponga en marcha esa Asamblea Constituyente, devolviendo la iniciativa al campo popular. Así se dejaría de jugar dentro de los parámetros y planes del enemigo de los pueblos, si es que realmente les interesan los cambios profundos y fundamentales dentro de esa misma «democracia» en favor del pueblo, la nación o la patria.
O también, la de estructurar un frente amplio del pueblo, donde estén activos tanto su organización como su contenido y programa común; que se organice a nivel nacional para poner en agenda esa Asamblea Constituyente y otras formas y contenidos de lucha, dando iniciativa a una organización nacional que agrupe a todos los frentes. En fin, hay mucho por hacer, muchas formas de activar la iniciativa del pueblo para que esa voluntad popular —es decir, la soberanía popular— se cristalice efectivamente como un contrapoder hegemónico.
17/04/2026




