Richard González

El desenlace de lo que sucede en las elecciones de 2026 en el Perú no es casual ni fortuito. Viene desde el referéndum, cuando la voluntad popular decidió votar en contra de la bicameralidad; sin embargo, esa voluntad o soberanía popular, una vez más, es anulada por decisión de las corporaciones tanto nacionales como extranjeras, ejecutada por sus representantes en el Congreso.
Desde entonces ya se venía preparando un escenario en el que, en caso de que ganara un proyecto “nacionalista, progresista, democrático” que sirva al pueblo, la nación y la patria, este no pudiera iniciarse, y menos aún consolidarse como proyecto nacional. Por tanto, se buscó tener el control del Parlamento, aun cuando la tradición del presidencialismo ya se estaba debilitando en los hechos, para luego continuar ese control corporativo por medio de un parlamentarismo que se instalaba de facto.
¿Cuál es el plan de las corporaciones imperialistas? No perder ni permitir alterar en lo más mínimo el saqueo de todo un país, tanto por las corporaciones nativas como extranjeras, dado que la exigencia popular viene desde hace mucho tiempo; por ejemplo, la demanda de una nueva Constitución, vía Asamblea Constituyente, donde se aborde como agenda principal el cambio del capítulo económico, clave para pensar mínimamente en un Estado soberano, con independencia y autodeterminación.
La elección del profesor Pedro Castillo tiene esa profundidad, es decir, su significado y contenido van más allá de la figura del propio Pedro Castillo. Razón por la cual terminaron dándole un golpe de Estado desde el Parlamento. De facto, es el parlamentarismo el que tiene más poder, y así se ha instalado. Por esa razón, la bicameralidad reaparece, volviéndose la elección presidencial un mero formalismo.
Pero las corporaciones, junto a sus operadores, quieren todo el control, aun cuando existe una correlación de fuerzas que crece en favor de los grandes cambios que el pueblo demanda. La ultraderecha cavernaria necesita y quiere todo el control. Estos enemigos del pueblo, la nación y la patria se colocaron en un escenario de pánico, dado que porcentualmente los poderes del Estado tenían un rechazo generalizado; ni qué hablar del Parlamento, con un 95% de desaprobación.
Por esa razón, planificaron usar todos los medios posibles (la compra de votos, generar desconfianza en el sufragio, poner en cuestión la institucionalidad, etc.) para, al menos, mantener el control del Parlamento. Pero todo indica que se habían preparado para “patear el tablero” electoral, dado que era un escenario adverso para sus intereses. Ellos, los enemigos del pueblo, prepararon un fraude con antelación, para luego culpar a las “izquierdas”, “caviares” o “algún funcionario” del desastre que hoy aparece ante los ojos de las masas.
Ellos, los enemigos del pueblo, la nación y la patria, no quieren “elecciones libres y soberanas”; no están en ese “juego”. Incluso, el escenario por el que apostaban no solo era el desconocimiento de las elecciones, sino generar caos para que luego las Fuerzas Armadas tomen el control del Estado abiertamente, o configurar una competencia electoral entre ultraderecha y ultraderecha.
Por tanto, todo este proceso es una farsa, una imposición autoritaria de la voluntad hegemónica de una clase (la opresora) contra todo un pueblo y una nación en su conjunto. El asunto de fondo de este ensayo es hasta qué punto el pueblo tolera ese autoritarismo.
No es casual el derecho penal del enemigo, la persecución y la criminalización de las luchas populares; todo tiene sentido, para luego replicarlo en otros países.
Recordemos que todo el continente es una arena de contienda de las superpotencias. La ultraderecha rancia juega a los intereses de EE. UU., a quienes no les interesa si este país se convierte en una colonia abierta o en un protectorado.
Las masas organizadas en un solo frente de lucha antiimperialista y de liberación nacional, al final, tienen la palabra y son quienes determinarán su destino y su futuro.
22/04/2026



